sábado, 28 de julio de 2018

Un pájaro lastimado, de S Pressacco

Cuando comprobé que no existen aves guías inmortales creí haber elegido ser un pájaro huérfano que con las alas plegadas se dejaba caer. 

El tiempo me enseñó que no existen pájaros sin lastimaduras y que los que realizan los mejores vuelos son los que aprenden a llevar consigo el dolor sin darle combate. 

Me enseñó que en los puentes de salvación siempre existen tablas sueltas y que el único soldado que las puede reconocer es uno mismo.

No necesito hacer pie en la fragilidad de otro y salvarlo para comprobar mi propia capacidad de resistencia ante la adversidad porque mostrarme débil ya no me importa.

Solté mi afán absurdo de ser una semirrecta impaciente con vocación de empuje y resistencia porque comprendí que soy un punto en la grandeza de la vida, un punto que puede detenerse y que detenerse no es necesariamente morir.

sábado, 28 de abril de 2018

El llanto de la vida, de S Pressacco

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    No es el quejido de la grava bajo la marcha de nuestros pies, no es su quiebre el que suena en esta tarde calurosa de abril ni es el ruido que provoca el dolor cuando golpea nuestras mandíbulas. Es el sonido de la vida que se tritura ante el paso del coche negro; la vida, que enamorada siempre de vos, se castiga por haberte fallado en esta pulseada.



    No llora la grava del camino que te aleja; llora la vida que te pierde, llora la vida que olvidó tu valentía.


SBP

domingo, 25 de febrero de 2018

Con la nada, de S Pressacco




¿Dónde se va el mundo mientras duermo?

¿Qué significa la luz o la oscura nube cubriendo la luna delante de mis párpados cerrados? 


Nada importa, porque solo soy yo o mi mundo de sueños conmigo. Yo y la nada. La nada que inventa historias invisibles.


Yo y una extraña sensación de desprendimiento que relaja y trae olvido. 


SBP 




martes, 13 de febrero de 2018

Decido soltar, de S Pressacco

                  Resultado de imagen para mujer en la ventanilla de un tren


   


   Es tiempo de olvidar los guantes de modales.

   Mi cuerpo ya no tiene miedo y se ofrece desnudo al barro viejo que se acumula en todas las puertas que voy abriendo porque fue testigo de la incapacidad de la lluvia, de todas las lluvias que me han caído, para lavar las miserias que escondí bajo la alfombra o que saqué del rincón de mis rincones. Es increíble cómo los años enseñan a caminar sobre cualquier pantano.

   Ya no respeto a quien exige silencio para mostrarse respetable, no me importa dónde vomito ni a quién salpico con mi vómito porque confío en mi lengua que se acciona con un interruptor de sentimientos sinceros; un interruptor que estimula la caricia a unos o quita el suelo a otros.

   Me cansaron los zurcidos sobre los zurcidos porque nunca pudieron con el potencial del río que llevo adentro, porque pese a la insistencia de curarme seguí sangrando muy seguido. Ahora, ofrendo al viento mis verdades porque después de sus golpes viene siempre un tiempo que seca, cicatriza y libera.

   Aprendí a considerar mi tiempo como infinito porque concibo la vida como una cadena de proyectos. No le permito a mi mirada que se distraiga con el tablero que indica la autonomía de viaje, sino que la invito a disfrutar del paisaje ahora que entendí que las cortinas pueden enemistarse con las ventanas, los espejos revelar secretos y que no me importa qué dirá y cuándo se escribirá, la última página de mi agenda.

   En el trayecto de mi historia armé y desaté varios nudos como pude, lo hice metódicamente, considerando lo conveniente y oportuno; hoy solté las riendas y me puse a merced del piloto automático para que me sorprenda donde me lleve, no importa si es sin equipaje.

   Quiero que en este tramo de la vida cierre los ojos por las noches sin hambre de sonrisas, dejar atrás lo precindible como dejo atrás los postes ante la ventana de mi viaje.

Disparos en mis pausas, de S Pressacco

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    Hay un incendio que devora mis segundos, un monstruo viejo que desafía la esperanza de encontrar el contrafuego de palabras que fluya sin fecha de vencimiento.
    Mis manos, zurcidas de esperas, no pueden liberarse mientras la guerra declarada por el tiempo se mantenga tan desigual.


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    Cuando el sol moribundo derrama su última gota de luz relajo mi cuerpo para buscarme.

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   Me busco sobre miserias y aciertos, sobre lo bueno que resguardo y lo malo que no sepulto porque temo olvidarlo y así repetirlo. Insisto en esa búsqueda porque quiero llorar conmigo sin controlar las ganas, sin atribuirle culpas a la impotencia; lo hago sin cobardía, con la esperanza de encontrar la armonía en medio de mis guerras.

     Salgo de mí y es allí donde me encuentro.

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