martes, 12 de julio de 2016

Recuerdo de instantes, S Pressacco

Imagen de painting and woman



No sé el porqué 
pero hoy pienso en lo que nunca quise pensar.

Pienso en esa verdad que te dolía 
a la sombra de tu almohada
colmada de insomnios y reproches.

Pienso en ese lamento que nunca pronunciaste,

en el protagonismo de los pretéritos
que se convirtieron en ladrones de tus latidos.

Pienso en señales que no vi como señales
y en tu silencio que no quiso ser silencio.

Pienso en esos motivos ignorados 
para acunar mi sueño egoísta 
mientras mordías sangre.

En ese verso que nunca te escribí
porque nunca lo hubieses leído.

En esa caracola que  recogimos de la playa
como  recuerdo de nuestros instantes

porque solo fueron instantes los que nos tuvimos.

Todo el tiempo fuimos dos ausencias,
dos mentiras
o apenas dos sombras sin ensambles.



domingo, 10 de julio de 2016

Una sola certeza, de S Pressacco





Quedan pocas certezas, 

si hasta creo que el sol es un gran espejismo,
un bocado optimista para nuestro horizonte
que no cambia jamás de forma ni de luces.

Ya no creo en los vientos que prometen
semillas de otras tierras,
ni en el ciclo del agua que dejó de ser dulce.

No creo en la palabra que no se apoya en actos,
en la piel que levanta fronteras de colores,
en miradas sin lágrimas,
ni en el gesto de quien solo mira bolsillos.

Ya no tengo certezas de las que sujetarme
porque la vida es una red de nudos,
un complejo tejido de sorpresas e intrigas 

y nunca se preocupa por cuánto destejimos 
o de qué calidad será nuestra madeja.

Ella nos filtra algún rayo en los sueños
y empuja hacia adelante
por más que todo muera en el camino

y cuando no encajamos en su trama,
su manto es un gran hueco que te come
o una invitación para empezar de nuevo. 


Una sola certeza es la que vale:
siempre cuento conmigo.



jueves, 7 de julio de 2016

Los pasillos de mi espejo, de S Pressacco







La soledad nunca pudo con sus horcas. Ni siquiera pudo causarme aburrimiento porque fue en su compañía cuando cultivé mi veta de soñadora y descubrí que la imaginación creaba un mundo más rico que el de afuera.

Nunca dejé de lado a la niña que fui porque ella me enseñó mucho de lo que esta mujer a veces olvida. 

Fue ella la que me enseñó a montar sobre una rama con un mantel  atado al cuello para que en el galope de ese corcel extendiera magia en cualquier rincón de mi infancia. 

Fue ella la perseverante y hasta fue ella la caprichosa que aunque perdiera el tren seguía detrás de él corriendo sobre sus rieles.

La que se permitía mojar con la lluvia de cualquier sabor para cicatrizar.

Es incluso hoy, la que me sorprende por las noches para pedirme que no me deje engañar por el tiempo porque no es más que un disfraz para inventar excusas que atan. Todas las noches me roba un poco de sus prendas para que termine desnudándome de él. 

Es ella la que comenzó a dialogar con su melliza frente a los espejos y  ninguna aprendió a callar cuando la otra hablaba. 

A veces esta mujer que soy quisiera volver a jugar con su reflejo pero no le resulta tan fácil como entonces porque el espejo es ahora la boca de un pasillo donde me meto para encontrarme. 

Es justamente allí, en medio de esa oscuridad desconocida que no me atemoriza, donde cientos de pájaros tiran de mis cabellos para remontarme a un lugar sin agendas, donde ya no hace falta darme cuerda.

Y mientras planeo sintiéndome otra, me veo desde arriba en un frasco que conserva mis modales de señora discreta y responsable a resguardo de vientos locos. Me veo ajustándome el cabello, sonriendo al reloj, escuchando a todo el mundo, pero nunca a mi melliza.

Cuando regreso del viaje siempre algún pájaro se queda encerrado en mi pecho. 

La próxima vez que vuelva al pasillo de mi espejo iré tan solo con mi capa. 

domingo, 3 de julio de 2016

En un paisaje enemigo, de S Pressacco




Hoy me uní a la niebla 
y dejé que me robara la risa el último viento de otoño.

Hoy mi latido rompió los vidrios 
de la memoria que te guarda,
y regresé a la arista
de un pasado que no me deja,

sedienta de tu mirada,

de tus amaneceres.

Hoy observé a los pájaros acobardados 
cuando la veleta despeinaba las nubes
y el cabello del sauce se enredaba
en el enojo de la noche

y mientras se acercaban los ciclos de lluvia

escribí una melodía de vacíos
porque no había nadie para abrazarme.

Hoy se escapó el aire tibio de mis plumas
y me quedé ensayando el silencio de una sombra
en un paisaje enemigo.

Hoy, como las aves, 
me quedé sin vuelo.