jueves, 7 de julio de 2016

Los pasillos de mi espejo, de S Pressacco







La soledad nunca pudo con sus horcas. Ni siquiera pudo causarme aburrimiento porque fue en su compañía cuando cultivé mi veta de soñadora y descubrí que la imaginación creaba un mundo más rico que el de afuera.

Nunca dejé de lado a la niña que fui porque ella me enseñó mucho de lo que esta mujer a veces olvida. 

Fue ella la que me enseñó a montar sobre una rama con un mantel  atado al cuello para que en el galope de ese corcel extendiera magia en cualquier rincón de mi infancia. 

Fue ella la perseverante y hasta fue ella la caprichosa que aunque perdiera el tren seguía detrás de él corriendo sobre sus rieles.

La que se permitía mojar con la lluvia de cualquier sabor para cicatrizar.

Es incluso hoy, la que me sorprende por las noches para pedirme que no me deje engañar por el tiempo porque no es más que un disfraz para inventar excusas que atan. Todas las noches me roba un poco de sus prendas para que termine desnudándome de él. 

Es ella la que comenzó a dialogar con su melliza frente a los espejos y  ninguna aprendió a callar cuando la otra hablaba. 

A veces esta mujer que soy quisiera volver a jugar con su reflejo pero no le resulta tan fácil como entonces porque el espejo es ahora la boca de un pasillo donde me meto para encontrarme. 

Es justamente allí, en medio de esa oscuridad desconocida que no me atemoriza, donde cientos de pájaros tiran de mis cabellos para remontarme a un lugar sin agendas, donde ya no hace falta darme cuerda.

Y mientras planeo sintiéndome otra, me veo desde arriba en un frasco que conserva mis modales de señora discreta y responsable a resguardo de vientos locos. Me veo ajustándome el cabello, sonriendo al reloj, escuchando a todo el mundo, pero nunca a mi melliza.

Cuando regreso del viaje siempre algún pájaro se queda encerrado en mi pecho. 

La próxima vez que vuelva al pasillo de mi espejo iré tan solo con mi capa.