miércoles, 14 de octubre de 2015

Desequilibrios, de S Pressacco



Por lo general cuando llego al colegio los problemas de mis alumnos pasan a ser mis problemas. Mi mente se resetea como si fuera una máquina y el último paso que me pone en el umbral de la puerta es el interruptor que cierra el circuito en serie sin vestigios de conexiones en paralelo. La realidad pasa a ser un subconjunto sin intersecciones y me desenvuelvo en él como una huérfana sin necesidades. Soy la máquina que socialmente se espera.

En esa rutina mi  voz  suena segura en las respuestas que doy o en lo que explico. Mi memoria no me traiciona porque siempre le da letra mientras manejo la situación con pasión disfrutando de la labor que elegí desde mi vocación hace años. Allí me desempeño sin historia personal.

Algunas veces sin que lo desee se filtra alguna preocupación a ese conjunto aislado y mi alrededor se torna un caos porque el alrededor es la clase que depende de mi. Todo es ruido cuando no estoy donde estoy, un ruido que no altera el muro que edifico porque es un muro sordo donde todo rebota. Mis ojos miran pero no ven y ante las preguntas de mis alumnos , que en ese momento me resultan inapropiadas, respondo con una mirada que comunica sin voz porque ésta sencillamente no suena cuando sus dedos de aire se esfuerzan por pasar a través de las espinas que crecieron en mi garganta.

Una simple dosis del afuera desvanece mi seguridad poniendo en duda mi vocación porque de pronto me fastidia el encierro en ese perímetro donde las horas consumen inexplicablemente más de sesenta minutos. Un simple recuerdo me invita a sobrevolar la clase para que nada me toque.

En todos los años de servicio he lidiado muy pocas veces con esas infiltraciones pero últimamente se repiten con más frecuencia. Es como si de pronto la máquina social entrara en cortocircuito o estuviera susceptible a las interferencias. Es como si la ética profesional se transformara en una responsabilidad demasiado egoísta para ser sostenida durante tantos años.

Los docentes no podemos permitirnos esos desequilibrios porque con todo lo bueno o todo lo malo que nuestras actitudes impliquen estamos influyendo siempre sobre los receptores que son esponjas. Será por eso que nos jubilan con menos años de edad que en otras profesiones. 

Hoy mis alumnos deben haber agradecido que me falte poco tiempo para marcharme.

Salidas, de S Pressacco





Yo no puedo quedarme al borde de la noche
si vislumbro salidas
por más que la quietud y el silencio fecunden
y el frío se empecine hundiéndome en su pecho.

Tampoco quiero que mis manos filtren
solo un sueño tardío mientras el tiempo escapa.

Yo no quiero la vida corriendo la cortina 
sintiendo como nacen erizos en mi piel
porque nada le da sentido a mis latidos.

Necesito dos gramos de esperanza
y kilos de locura.

Necesito rutinas que regalen
el aliento de un verso

y una cabeza menos enemiga.




sábado, 3 de octubre de 2015

Herencia robada, de S Pressacco




Y siguen las derrotas -una más-
mientras se desintegra una cultura
en la fila de espera.

Sobre la piedra mi bandera llora
el final de mi herencia,
el camino del hambre

mientras la sangre brama en vacíos impuestos.

En la boca atesoro una lengua ignorada
y la saliva amarga devastando el colmillo,

en el pecho memoria 
y en las manos semillas de desiertos.

Y vienen las ausencias - levantadas de fosas-
con los ojos repletos de preguntas.

No sé cómo explicarles 
que ahora la palabra vale solo en papeles
o en los labios de gringos.

viernes, 2 de octubre de 2015

El insomnio de la locura, S de Pressacco



Por qué debo luchar contra lo que es impulso.
Dejo que mi expresión nazca de donde sea,
camino despeinada y desnuda si quiero.

La cordura no sabe de versos,
ella mide los pasos y regala posturas
tiene buenos consejos y modales
pero es tan aburrido su uniforme
que a veces la locura me lo quita
para exponerme al frío
o para no ensuciarlo con matices.

Si asoma la insensata 
escribe mientras tira los perfumes y espejos,
ella indaga las venas
y revuelve papeles de la historia. 

También arroja álbumes de fotos
y me salpica con mi propia sangre

se obstina en presentar las extrañas ideas
que embadurnan los dedos.

Después cuando descansa
me pongo el delantal, el calzado ajustado
y comienzo a tachar renglones en la agenda
sintiéndome feliz.

Esa chiflada, últimamente, duerme poco.