miércoles, 22 de julio de 2015

Decisiones, de S Pressacco



Mi padre siempre me decía que las consecuencias de las decisiones tienen un sabor distinto si nacieron a partir de decisiones propias y no de aquellas que tomamos de otros. Afirmaba que si erramos por nosotros mismos la experiencia significaría un verdadero aprendizaje. Tal vez por eso me planteaba situaciones que me generaran conflictos y cuando yo le confesaba la decisión tomada, sonreía torciendo sus labios. Recuerdo que en un principio de lo que después consideramos nuestro juego me dejaba con incertidumbre su respuesta callada.

En una ocasión me extrañó su comportamiento distante y hasta creí que no le preocupaba mi seguridad. Habíamos ido juntos al campo de mi abuelo y como era mi costumbre apenas llegamos corrí hacia “la petiza” que estaba ensillada atada a un poste. Tenía los ojos viejos clavados en el suelo como buscando la cuota de energía necesaria para vencer su parsimonia durante la tarde que compartiríamos. Aún recuerdo cómo me sorprendí cuando mi papá me comunicó que en esa oportunidad montaría un caballo “de grandes” y recuerdo más aún la alegría que experimenté entremezclada con cosquillas de miedo.

Cuando me subió encima de Pucho sentí que ubicaba sobre un gigante a un niña con careta de poderosa. Después me mantuve callada mientras papá señalaba el predio por el que podía pasear y me advertía que debía manejar al caballo con autoridad porque de lo contrario sería él quien dispondría la velocidad y la dirección de mi trayecto. Atendí rogando que no escuchara el galope que se había anticipado en mi interior.

                      

El potrero elegido quedaba enfrente de la galería de la casa desde donde supuse que mi papá seguía mi recorrido circular mientras conversaba con el peón sobre las tareas rurales. Yo trataba de controlar las riendas de Pucho como me había indicado pero me crecía el temor cada vez que llegaba a la tranquera abierta que conectaba ese espacio permitido con el resto del campo. Me parecía que el animal protestaba cada vez que pasábamos enfrente y que incluso le molestaba el tranco corto que le medía mi miedo. No sé cuánto tiempo estuvimos girando y girando hasta que el aburrimiento del caballo me contagió y tuve necesidad de apretarlo entre mis piernas justo antes de soltar un poco las riendas. La respuesta de Pucho fue inmediata, como si se concretara por fin su sueño de galope, como si necesitara terminar de revolver mi adentro. Recuerdo que no miré hacia la galería porque mis ojos redondos estaban fijos en la nuca del animal que tenía el dominio. Tal vez fue instinto cuando reaccioné acortando las riendas, cuando adiviné su intención de tomar hacia campo abierto porque la tranquera no ofrecía trabas. Una tranquera que mi orgullo no pidió que cerraran y nadie entendió que convenía hacerlo. El obediente alazán se clavó a pocos metros de lo que para él significaba libertad y para mí incertidumbre.

No sé cuánto tiempo permanecí obligando a Pucho a formar conmigo un sólido único. Aferré las riendas como si de ellas dependiera mi seguridad porque temía que al caballo le crecieran alas justo cuando yo estaba encima. Debo haber permanecido unos minutos decidiendo si mover o no mover las riendas pero para mí se convirtió en una espera inquietante en donde la única incógnita era el modo de enfrentar las consecuencias y evaluar quien manejaba a quien. No se me ocurrió llamar a mi viejo porque era exponer mi inseguridad ante una situación en la que él había depositado toda su confianza porque me consideraba capaz de dominar al animal. Debía comprobarlo por mí misma. Fue así que en algún momento incliné las riendas hacia un costado y Pucho respondió. Respondió adivinando lo que quería o porque lo obligué; no sé - tal vez se comportó como un verdadero amigo y me hizo el favor de no decepcionar ni decepcionarme- pero desde ese preciso movimiento comencé a galopar en círculos sin miedo, con una alegría que expresé gritando cuando pasé enfrente de la galería. No pude ver a mi padre pero lo imaginé con sus labios levantados hacia un lado, me lo imaginé orgulloso de su pequeña.



Después -ya mayor- el destino, con toda su ironía, me obligó a tomar una decisión que debería haber tomado mi papá. Todos deberíamos poder decidir cómo queremos transitar nuestros últimos días en la vida, todos podríamos decir qué estamos dispuestos a soportar y qué, de todo ese inmundo final que a veces propone, quisiéramos evitar. Sin embargo él no pudo porque algo monstruoso le arrebató la conciencia junto con todos los sentidos y mi familia quedó como la estatua que por momentos fui sobre Pucho. La vida me ofreció elegir un bocado entre hipótesis horrorosas, un bocado cuya asimilación dejó un signo de preguntas perforando mi glotis aun sabiendo que no había salidas optimistas- ni siquiera una que se pudiera considerar la mejor-

Creo que en su último día, cuando mi viejo me buscó con su mirada para guiñarme un ojo, tenía como intención dejarme tranquila. Estaba aprobando de nuevo en silencio mi decisión. Quiero creer que fue así.