sábado, 25 de julio de 2015

Apostando, de S Pressacco





Siempre fui de las que apuestan a las personas por las que nadie daría un mango porque no me gustan los rótulos impuestos que llevan adosados en sus frentes por la experiencia que tuvieron los otros con ellas. Me gusta avanzar en el terreno y sorprenderme para bien o para mal pero por mi propia decisión. Así, voy prendiendo antorchas que iluminan a esos seres cuando apenas los conozco y a través del juego entre sombras y luces pongo más fichas o coloco menos combustible. Debo confesar que a lo largo de mi vida he tenido desencantos y unas pocas -pero valiosas- excepciones que me dieron la satisfacción de haber procedido de esa manera y no de otra. A pesar de las decepciones difícilmente aparte a esas personas de mi vida pero ya no pierdo más fichas y dejo que las sombras lo consuman sin importarme. Sé que el concepto armado es mío sin la influencia de criterios de los demás.

Tampoco creo en las apuestas seguras por lo que jamás me lanzo a coronar el favorito porque sé de probabilidades. Sé que son justamente las apuestas que más daño provocan porque nos dejan con los bolsillos vacíos de confianza y hasta con una sensación de ser ultrajados. Es como si uno se quitara su propio brillo para dárselo a quien no lo merece.

También debe suceder lo contrario porque seguramente hubo personas que confiaron en mí y vaya a saber con qué intensidad de brillo me ven. Yo también habré decepcionado y para ser sincera debo admitir que si la persona no me importa demasiado tampoco me importa quedarme en las sombras, en un lugar apartado, pero cuando ocurre que alguien que quiero mucho me pone en ese lugar me quedo encerrada en un único tema que me mortifica hasta que pueda solucionarlo. 

A veces también sentí que personas que juraban apostar por mí no lo hicieron nunca. Personas que daban fórmulas de cómo llegar a la luz dando las ecuaciones incorrectas para reírse de mi ingenuidad a mis espaldas o ante mi propia cara. Personas que no valen ni una de mis fichas.