lunes, 29 de junio de 2015

Polvo de yeso, de S Pressacco




Fue oportuno estar ahí en el momento justo en el que la estatua se trituró contra el piso a raíz del empuje que le dio tu soberbia. Pude ser testigo de cómo se elevaba por el aire el polvo del yeso mientras moría definitivamente el brillo de tu imagen.

Nunca lograste conocerme -o tal vez nunca pudiste- porque caminabas frente a espejos recitando de memoria tu nombre. Te nutrías tan solo con los logros de tu propio huerto mientras una ciega con las rodillas lastimadas lo abonaba en los climas inadecuados.

Ahora es inútil que hables de regreso porque me llevó mucho tiempo limpiar la basura. Además debo confesarte que ya no tengo altares, ni siquiera religión.

Sinceramente -para qué mentir- no me seduce un dios craquelado.