viernes, 12 de junio de 2015

Algo más, de S Pressacco




Desempeñando mi labor docente protagonicé algunos episodios que no me enorgullecen. En uno en particular varios de mis colegas se solidarizaron y trataron de convencerme de que mi forma de actuar era la que cualquiera de ellos hubiera manifestado. Esa excusa estuvo lejos de conformarme. 

Sé que es imposible conocer y atender simultáneamente las 40 historias que se convocan en un aula- historias incluso diferentes a las otras tantas que traen junto a sus mochilas los seiscientos alumnos con los que se interactúa semanalmente- pero la atención, la observación y la comprensión deben ser útiles escolares obligatorios en el neceser de cualquier docente. La frialdad e indiferencia deben quedar en el felpudo ubicado en el umbral de la escuela junto a todos los problemas personales. Dentro de la institución no se es madre, ni esposa, ni hija; se es únicamente maestro. 

Martín era un alumno repitente de la segunda división rotulado como tímido, callado y de bajo rendimiento. Un caso más de los tantos pero con la desventaja de ser tranquilo en el curso, digo desventaja porque esa actitud hizo que su cuaderno de semblanza quedara en el cajón de mis descuidos.

En una oportunidad en que me dispuse a entregar unas evaluaciones ni siquiera reparé en su rostro cuando le llegó el turno. Mientras seguí llamando uno a uno al resto de mis alumnos lo observé, se había apoyado en el marco de la puerta abierta contemplando hacia el patio y en esa postura se mantuvo cuando le pedí que regresara a su banco. Permaneció dándome la espada, ignorando o sordo a mi orden. El curso completo estaba desconcertado con la sorpresiva rebeldía de Martín. Se instaló un silencio incómodo mientras las miradas adolescentes alternaban entre la espalda de su compañero y mi rostro desencajado por un enojo creciente. Aunque entendí que me estaba desafiando elevé mi voz para pronunciar un discurso atropellado que logró hacerlo girar para enfrentarme con una mirada que no le conocía. Seguramente seguí con el discurso cuando con pasos largos recorrió la sala en busca de su asiento e incluso cuando arrojó la silla al suelo y decidido vino hacia mí dispuesto a pegarme. Varios compañeros que adivinaron la intención se interpusieron en su camino mientras mi voz sonaba ajena a la cordura provocándolo como si no fuera la adulta encargada de la clase. 

Cuarenta pares de ojos se clavaron en mi cuando Martín regresó a su lugar custodiado por dos compañeros que se mostraban temerosos de una nueva reacción. Tal vez fue el desconcierto general, el silencio que nuevamente tomó protagonismo, lo que me apuntó con el dedo para condenarme como culpable. Miré cada una de las caritas que antes no había atendido para pedirles que tomaran sus cosas y se marcharan porque quería conversar a solas con Martín. Algunos me miraron como si hubiera dicho el peor de los disparates, pero me obedecieron.

El aula pareció inmensa cuando quedamos solos. Toda la rabia vivida se transformó en ternura mientras me acercaba al muchacho que lloraba escondiendo sus ojos tras los puños apretados. No sentí miedo a su reacción cuando me senté enfrente para tomarle las manos. Su mirada me pidió perdón cuando le sonreí. No hizo falta que preguntara nada porque entre sollozos que me parecieron antiguos y negados durante su corta vida, me contó todo lo que significaba llevar otra mala nota a su casa. 

No notifiqué su calificación a los padres porque había un problema más grave que el bajo rendimiento. Había algo más preocupante que una cuenta matemática errónea.

Con el tiempo fue expulsado del colegio acusado de varios actos de violencia. Los mismos actos de violencia que padecía en su casa desde que era pequeño.

Aún no me perdono. No pude hacer nada por Martín y nadie lo hizo.