lunes, 29 de septiembre de 2014

La realidad no me toca, de S Pressacco





Es  luz cuando transito las grutas de mis miedos y una inyección de  risa cuando mis lluvias amenazan ser temporales.


Es una ventana mostrando paisajes de valores y  un par de pimpollos de mar abriéndose en mi almohada.


No habla ningún idioma, pero define mejor que nadie los sentimientos donde las palabras  son insuficientes. 

Creo que la hice presa en mis ojos y que posee sus propios sentidos porque llama, escucha,  besa y acaricia.


La realidad  no me toca cuando   me alcanzas con ella, no me importa nada más cuando me haces el amor con tu mirada.

martes, 16 de septiembre de 2014

Era una intriga, de S Pressacco






                          




Según el gabinete psicopedagógico, Marcelo no tenía problemas de aprendizaje, sino que era tímido, y eso le impedía interactuar con otros, incluso con el conocimiento. 

Sus familiares lo traían desde el campo a las clases de apoyo escolar, y en más de una oportunidad su madre me esperó a la salida para transmitirme su preocupación. Según ella, los profesionales del gabinete le describían a un desconocido.


Con el tiempo yo también llegué a pensar que Marcelo no era tímido, porque se desenvolvía como uno más, a pesar de que el grupo estaba conformado por alumnos de distintas edades. Me gustaba verlo concentrado, con el ceño fruncido y sus ojitos fijos en los números que comenzaban a dejar de ser sus enemigos. Cuando completaba una de las tareas me preguntaba entusiasmado con qué página del cuadernillo de actividades podía continuar. 


Sin embargo, las notas escolares y la participación en clase, no mejoraban.


Cuando tuve la oportunidad de ser ayudante de cátedra, elegí hacerlo en el curso de Marcelo, porque mi intuición me decía que había una realidad que no dilucidaba nadie, ni siquiera él. Algo lo obligaba, en las horas normales de clase, a regresar al caparazón del que todos me hablaban.


El recreo transcurría sin que él lo advirtiera porque permanecía en el aula completando las tareas, o con la mirada fija en un sector del pizarrón y, al terminar la jornada, se sentaba en un banco del patio esperando que sus padres vinieran por él. Nunca miraba hacia la puerta de entrada, porque su atención estaba en la punta de sus zapatos y permanecía ajeno al movimiento del alumnado hasta que alguien lo obligaba a salir de esa abstracción tocando su hombro.


En una oportunidad, la profesora me permitió analizar las evaluaciones de Marcelo. La sorpresa fue comprobar que todas estaban incompletas y que en lo poco que hacía no evidenciaba problemas de comprensión. El tiempo no le era suficiente. Algo le impedía demostrar la capacidad que yo le conocía. 


Como mi desconcierto crecía a medida que Marcelo mejoraba en mis clases y no mostraba cambios en el colegio, decidí conversar con docentes de otras áreas. Todo se aclaró cuando comprendí que las dificultades se le presentaban en las asignaturas donde el pizarrón era de uso corriente. 


Nunca olvidaré la mañana en que me crucé con su madre a la salida del colegio. Creo que la señora descargó todas sus tensiones al abrazarme, porque me hice pequeña contra su pecho. En un principio sentí un desconcierto prolongando ese momento en el que sólo se escuchaba su sollozo y, al separarnos, no fueron necesarias las palabras. En sus manos llevaba la libreta de calificaciones de su hijo como si se tratara de un trofeo.


Marcelo,apoyado en la camioneta, limpiaba los cristales de sus gafas gruesas mientras protestaba por su demora. 



lunes, 8 de septiembre de 2014

Mi primer amor, de S Pressacco

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La atracción que me generó mi primer amor nació apenas lo vi, fue algo que descubrí en su mirada, una necesidad imperiosa de escuchar la voz que habitaba detrás de sus ojos y que por alguna razón no se expandía. Por ese entonces yo era un junco en crecimiento que jugaba a escondidas con las muñecas y él, en cambio, lo hacía con las mujeres.

Las sensaciones nuevas que experimenté me dejaron intranquila y durante meses garabateé en mis apuntes de secundario las iniciales de su nombre. Nunca expliqué su significado a nadie porque quería evitar las peroratas de mis amigas. Yo sabía que no era el muchacho ideal.

Mis ojos desobedientes deben haber sido los que me delataron porque él advirtió que no me era indiferente y sin siquiera imaginarlo, me eligió como su próxima víctima.

En un principio me extrañaban las coincidencias que nos reunían porque los muchachos de su edad frecuentaban otros espacios; después, hicimos de nuestros encuentros una rutina cómplice. 

Todo transcurrió demasiado rápido y me vi enredada en una historia que parecía la de otra persona. Poco a poco, perdí la libertad, renuncié a las reuniones con mis amigas, a la espontaneidad que me caracterizaba para evitar las constantes peleas surgidas por sus celos. Fui encerrándome en lo que él quería que fuera y me engañaba pensando que solo había guardado mis muñecas. 

Recuerdo el enojo que me causó enterarme de que tenía una relación desde hacía tiempo y deducir que me estaba considerando una de sus conquistas pasajeras. No sé si me enojó más la mentira o que él se creyera con derechos sobre mí sin ofrecer nada a cambio. Fue en ese momento que me encontré de nuevo con mi esencia, con mi natural rebeldía y las riendas se me ofrecieron claras y seguras. Mi primera decisión fue no decirle nada al respecto y hacerle creer que la nena era ingenua y sumisa.

Una noche en particular decidí patear lo que se esperaba de mí y asistí a una fiesta de egresados del secundario sin que él lo sospechara ya que mis padres, por primera vez y con ciertas condiciones, no me negaron esa salida. 

Apenas comenzó el baile lo aprecié desde la lejanía. Estaba sentado junto a su novia a la que mantenía abrazada de la cintura mientras la miraba como solía mirarme a mí . Me pregunté si también la tendría atrapada, si para tenerlo había renunciado a ser ella y si yo quería seguir cobijándome en su tiranía. No lo dudé a pesar de saber las consecuencias que me traería desobedecer a mis padres y salí a bailar con un muchacho que por ese tiempo no se cansaba de mis negativas constantes.

Aún me causa gracia la expresión de sorpresa que le pinté en el rostro. Una expresión que se fue transformando en furia a medida que avanzaba la noche. Sólo yo podía leer el egoísmo y el orgullo herido en sus ojos porque la chiquilina no había sido sincera y las paredes del salón entero se le reían a carcajadas. Esa misma noche me alcanzó antes de que entrara a casa para pedirme explicaciones. Yo, en cambio, no le pedí ninguna.

Por esos días me llovieron sus promesas y aunque la desconfianza me seguía acechando, me dejé besar. Y aprendí a besar. Creo que ese contacto nos desestabilizó pero ninguno de los dos fue capaz de admitirlo. Nuestros encuentros eran batallas en las que elegía cederle las armas para que se creyera victorioso pero después las retomaba para sorprenderlo por la espalda. 

En el verano me fui de vacaciones con mis amigas a pesar de haberle asegurado que no lo haría. Cuando comprendió que no estaba en el pueblo pasó del enojo a la risa, del deseo de un contra-ataque al de abrazarme. En realidad, extrañaba a la niña que desobedecía sus órdenes y le gustaba más de lo que suponía. Creo que aprendió la lección porque no sólo me esperaba ansioso sino que desde entonces no dejó de ser mi compañero y mi único amor.

Sus ojos, que me siguen enamorando, ya no tienen misterios para mí. Él tampoco se sorprende de mis locuras que lo hacen oscilar entre la bronca y la alegría. Asegura que en el pasado fue víctima de alguna maldición femenina porque nuestras hijas son mis clones.