sábado, 31 de mayo de 2014

No tenemos tiempo, de S Pressacco

No tenemos tiempo para el nosotros. Nunca hay tiempo cuando el alrededor succiona el credo y la realidad escupe hacia otras direcciones. Somos los Quijotes en un mundo de viento; vos, defendiendo los muertos que viven y yo, los vivos que quieren estar muertos. Parecemos dioses contrariados, desterrados  por ineficaces.

Ni siquiera hay tiempo para miradas. En el almuerzo que nos reencuentra, mezclamos los ojos con la comida fría buscando en el plato las soluciones.

Deambulamos en submundos que tienen intersecciones obligadas pero vacías de contenido. La utopía se está comiendo la esperanza, nuestras manos e incluso las explicaciones.

Nos definíamos enamorados pero no recordamos de qué se trata.

jueves, 29 de mayo de 2014

Llover bajo la lluvia, de S Pressacco



Me gusta cuando llueve porque no desentono
en el gris. No hay miradas, no hay jurados
debajo de la prisa de paraguas.

Me gusta el agua dulce cuando moja
el sufrimiento expuesto y les limpia la sal
a las costras podridas que hace dentro.

Me gusta caminar bajo el cielo furioso
sin miedo a que mi llanto suene desafinado
y en mi lamento olvide los modales correctos.

A veces pido al viento que lleve mis dolores,
que danzando tropiecen, que se rompan
y si se multiplican en los charcos
que regrese  violento, con lágrimas de piedra.

La profe Rosa, de S Pressacco

Muy pocos conocieron sus ojos porque debido a su temprana miopía llevaba unos anteojos gruesos y oscuros. Recuerdo la sorpresa que me provocó la claridad de su mirada y sus párpados hinchados cuando interrumpió su discurso en una reunión de trabajo para limpiarse los cristales.

Era tranquila, demasiado. Caminaba como llevando cansancio acumulado en los años de docencia. Algunos afirmaban que era distraída pero en realidad lo que se le pasaba por alto era porque no lo veía o porque sencillamente no le importaba. En una ocasión, mientras decíamos la oración a la bandera, observé que llevaba medias de hombre de distinto color y, al señalárselo en secreto, elevó los hombros restándole importancia; en otra oportunidad, entró al colegio pasando entre adolescentes aglutinados en la puerta con la parte posterior de su pollera enganchada en la cintura. Todo el alumnado rió al ver  la ropa interior  con corazones rojos que llevaba porque a pesar de que un colega se lo advirtió, ella se tomó su tiempo para acomodarse la ropa.

En su casa se podían ver los platos sucios sobre la mesada y adivinar la comida del almuerzo y de la noche anterior. En épocas de cierre de promedios era común que las evaluaciones de los alumnos y la lupa que usaba para las correcciones ocuparan un lugar en la mesa entre los platos y cubiertos. Pasaba el día completo dedicada al colegio porque le demandaba casi una hora calificar una sola de las pruebas. No tenía ni una planta para regar, ni siquiera una mascota para cuidar porque aseguraba no saber hacerlo.

Fumaba más de lo imaginable y siempre mentía al respecto. Cuando se dispuso la ley que prohibía fumar en las instituciones públicas se refugiaba en la cocina alejada de la sala de profesores y allí consumía los cigarrillos como caramelos mientras la portera , que era su cómplice, hacía guardia en la puerta. Tenía autoridad conseguida por la camiseta sudada; por eso los demás aparentábamos ignorar su rebeldía.

En clases era lenta en las explicaciones y creo que con ella comprendí que amaba la matemática porque descubrí que no era terrible como asignatura sino que siempre me la habían presentado de una forma atropellada. Cuando comencé a desempeñarme como su colega depositó en mí toda su confianza asignándome el poder en la toma de decisiones. Para ella mis ideas eran brillantes y me alentaba a llevarlas a cabo. En una época en que se cerraban divisiones fue capaz de renunciar a unas horas cátedras para que yo pudiera tomarlas y mantener mi trabajo en el mismo colegio.

Cuando llegó el momento de jubilarse, algo que  deseaba en sus últimos años como docente, se encontró con que no sabía qué hacer con su vida porque nunca la había tenido fuera de las aulas. Sus hijos ya tenían sus propias familias y acostumbrados a prescindir de ella, siguieron haciéndolo y ni siquiera supo cómo ser abuela. Sus manos torpes para cualquier trabajo y su vista cada vez más ausente, la obligaban a mantenerse encerrada compartiendo las horas con el cigarrillo y una depresión que engordaba a pasos agigantados.

Mi amiga Rosa, falleció unos años después de jubilarse. Ese día frío y oscuro, lloraron las paredes de la escuela.

martes, 20 de mayo de 2014

Quemar los altares, de S Pressacco


Creí morir por entonces, cuando llevaba el corazón dolido y el aire no alcanzaba para hinchar mi pecho.

Fuiste el primer actor de aquellas épocas, un tentador chocolate que me ahogaba y al que me hice adicta. Cuando me dejaste llorando de abstinencia mi cuerpo se resistió al movimiento, parecía no estar dispuesto a emprender otro camino.

Ahora hablas de regreso porque ya no deambulas confundido. Mencionas al amor, le pones mi nombre y me pides perdón porque nunca fuiste bueno para vivir tus sueños. 

Me miras, como nunca antes lo hiciste y acaricias mi mejilla con miedo, como si una gran amenaza pudiera romper la copa de vino que deseas llevar a tu boca.

Acomodando mi cabello detrás de mis hombros me provocas guardando las palabras en tus ojos y recorres con tu índice mis labios y después mi cuello. Por un momento soy presa del pasado, de una vida que regresa y que creí perdida.

Pero la nueva lente con la que te miro focaliza distinto y la imagen del altar en el que te tenía se incendió. Te pude ver en el reflejo brillante como lo que eres, un mortal, tan solo un hombre.

Me vi caminando descalza por corredores vacíos, golpeando las puertas que me cerrabas. Una tonta en soledad; tan tonta, que adoraba una figura de yeso.

Aun así, déjame decirte que esta mujer que recuerda sabe perdonar.

Quiero que sepas que pude encontrar el amor sin arrodillarme ante dioses fríos. No puedo decir que es una gran historia, pero es la historia que elegí. Pude continuar y no entiendo por qué el tenerte enfrente me provoca cosquillas. Pasó una eternidad y es incomprensible.

Tendré que acostumbrarme a que el chocolate me hace mal y lo tengo prohibido.

lunes, 19 de mayo de 2014

Quisiera ser, de S Pressacco

Quisiera ser mujer de sueños y albas
el muelle donde quieras amarrarte
o el agua que libere tu garganta.
El paisaje elegido cuando pintas
y la canción más bella cuando cantas.

El destino de pasos y brazos extendidos,
la causante de ruidos en tu pecho,
la amiga de silencios comprensivos
que te arranca sonrisas verdaderas
y conoce muy bien tus objetivos.

El escalón seguro en las calzadas,
el estímulo perfecto que consigue
la respuesta en tu carne y de tu calma.
La prisionera cómoda en tu hombría
justo allí, donde quiero estar tatuada.

miércoles, 14 de mayo de 2014

Colgar la realidad, de S Pressacco





Te escapas y no te llamo, nunca lo hago. Espero paciente tu regreso porque vuelves aunque no del modo que quiero.Siempre traes el corazón apretado de bronca e impotencia como si la distancia hubiese puesto aire en lo imposible y sus vientos te confundieran.

En un principio te escondes de mi sin sospechar que te adivino, que escucho el ruido de tus pasos cansados desde lejos y leo las palabras que no pronuncias. También reconozco el momento exacto en que el deseo  te arrastra  hacia mi ombligo.

Demoras el encuentro mientras te lavas de los malos ratos y juntas fuerzas para sacarte el pesado saco de la realidad por un instante, sólo por un instante. Te cuesta dejarlo aunque ya no te gusten los parches que coses sobre su algodón zafado.

Cuando por fin nos vemos, declaramos asueto en nuestras obligaciones y disfrutamos de esas vacaciones que nos hacen crédulos y tontos. Limpiamos la casa de lo que nos pesa y la llenamos del silencio de nuestros besos. Nos dejamos absorber por la tierra hacia un lugar donde no habita nadie y rogamos  no tener más retornos a la superficie.

Después, cuando el frío regresa inevitablemente, te marchas con tu  abrigo. Te escapas y no te llamo, nunca lo hago.

jueves, 8 de mayo de 2014

Alguien que me vea, de S Pressacco



Alguien debe verme más allá de las hilachas.

Necesito alguien que atienda las heridas que parecen no curarse nunca. Alguien que no haga preguntas y no le interese conocer las apuestas que he perdido en la vida.

Necesito que sea un maestro del idioma más difícil para que me enseñe a pronunciar y comprender el perdón. Que me enseñe a respirar cuando esa palabra me abra la vaina del orgullo y por fin reconozca que la soledad nada tiene que ver con la libertad.

Quiero unas manos sosteniéndome cuando el mundo traga, unas cálidas manos secándome las lluvias. Esas lluvias que llueven desde mi carne y alargan mi sombra para que me abandone.

Deseo que en los ojos de ese alguien, el juez ya no me señale con un dedo y que la música de su voz haga interferencia con el eco de las culpas que se propagan aún en el vacío de mi botella.

Alguien debe aparecer en mi cuento, alguien que cambie la historia y traiga esperanza a las hojas. Necesito a Cupido apuntando con sus flechas, a un príncipe recogiendo mi zapatito de cristal o a un sapo besando mis labios secos.

Necesito que me vea ahora, antes de dar vuelta la página y leer la palabra “Fin”