jueves, 20 de marzo de 2014

Cambiar la escena, de S Pressacco

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La respiración sobre su hombro volvía cada noche en el escenario de su cama, por eso mantenía los ojos cerrados imaginando que el calor entre sus piernas y las manos que la recorrían eran efectos de un fantasma en sus pesadillas. Una vocecita interna la tranquilizaba diciendo que nada le pasaría si mantenía sujeto con fuerza a su oso panda.

Estaba cansada de repetir el mismo libreto a una audiencia desinteresada. Sólo el osito de peluche se iba deformando de miedo como en ella se deformaba la idea de ser niña.

A veces jugaba a encerrarse en un minúsculo mundo de sábanas donde era un gnomo difícil de encontrar o una guerrera invencible que lograría terminar con las injusticias y mostrar al mundo la cabeza chorreante del fantasma que según su madre existía sólo en su imaginación.

Esa noche también se mantuvo quieta esperando con los ojos cerrados.

Cuando él ingresó a la habitación lo hizo con el mismo silencio de siempre. Le arrebató el peluche y ella no tuvo fuerzas para ofrecer resistencia. El frío que entraba por sus venas recién abiertas fue creciendo mientras escuchaba el alarido.

El telón de sus párpados dejó filtrar la última luz, la suficiente para comprobar que su representación había logrado la atención de su familia reunida rápidamente en el cuarto por el grito del fantasma. Alcanzó a escuchar un sollozo, una negación rotunda aplastándola en el pecho e imaginó  su carta pasando de mano en mano mientras la verdad desmantelaba las murallas edificadas por su madre y sus hermanos.

Cuando cerró los ojos lo hizo tranquila. El fantasma no volvería.

sábado, 15 de marzo de 2014

Sin retorno, de S Pressacco

                              



No recuerdo haber habitado en un mundo distinto. Aquí las bestias deformes me acechan y a pesar del asco que provocan me siguen convenciendo y llevando con sus tentaciones.

Hay ocasiones en que creo tener muy cerca de mis manos un tesoro increíble, entonces me sumerjo más en la oscuridad que me envuelve y despojada de prejuicios me ofrezco donde nadie se atreve y dejo absorber mi carne que ya no es mi carne, sino la de todos. Me resulta difícil vislumbrar el preciso momento en que la desilusión vuelve porque estoy acostumbrada a vivir con ella y no alcanzo a extrañarla. Regresa, siempre lo hace.

No tengo amigas. Las que decían serlo vivían imaginando tonterías y hasta creían en los finales de cuentos infantiles. Hablaban demasiado sobre el futuro, le ponían colores que desconocían y se aventuraban prometiendo sacarme de lo que llamaban abismo porque así describían a lo mío. Descubrí que la única amiga es la soledad y aunque a veces no me responde como quisiera me he acostumbrado a su parquedad y ella a mi vida.

Soy y seré lo que soy, una pobre diabla para muchos, una puta sin retorno para todos. No me miento con excusas hipócritas, ni siquiera anhelo una realidad distinta. Perdí hace mucho tiempo lo que tenía, fue cuando aún creía en la rebeldía y me dejaba guiar por la codicia. Algunos dicen que soy débil y por lástima o por vergüenza huyen de mí, creen que soy un mal ejemplo y que puedo contagiar con mis alocadas ideas.

Este es mi mundo y elegí enredarme en un ancla. No es la mejor vida pero es la mía y tengo la convicción de que caminando por el fondo que acostumbro podré sorprenderme si sucede algo extraño porque todo lo considerado malo ya lo experimenté.

sábado, 1 de marzo de 2014

La colilla de tu deseo, de S Pressacco

Sé que nada cambiará. El momento  se irá entre los hilos de tu cigarro.

Sin embargo estoy  más que desnuda, dejándome envolver  por caricias y palabras que pellizcan los sentimientos. Incapacitada  de renunciar a  lo prohibido y condenada a sentir más de lo que quiero.

Otra vez te irás. Sé que mientras recojas tu abrigo volverá el glaciar a tu mirada y que tal vez,  con una sonrisa torcida,  enciendas otro cigarrillo solo  para alimentar tu soberbia con mi silencio lloroso.

Desde la imagen del espejo veré consumir con ansiedad la nicotina y  entendiendo el lenguaje de tu deseo, volveré a ser lo que quieras. Ya no importa que lo que ofreces no me alcance. 

Después de que aplastes con saña el cigarrillo me dejarás junto a su colilla.