viernes, 28 de febrero de 2014

Uno, con uno mismo, de S Pressacco




Puedes morar en cápsulas opacas,
esquivar las montañas que retienen
e ignorar a los túneles que traen.

Puedes borrar tus pasos deambulando sin pautas
para no regresar por los mismos vectores,
despeinar la estructura construida
o resguardar tu sombra en el anonimato.

Puedes hasta ignorar a los que te aman
y escapar desprovisto de zapatos de dudas,
puedes amordazar a los motivos
e impedir que germinen las semillas del miedo.

Te puedes ir y nadie osará detenerte
porque lo que apasiona nos dirige
y dejarse llevar es ser auténtico.

Para qué cuestionar la manera de ser
si se entiende que sólo siendo así
y sólo así… se vive.

martes, 25 de febrero de 2014

Apenas un hombre, de S Pressacco




Te llamaba mas tú no respondías
lo hacía murmurando, protegida en mis sábanas
durmiendo con las frases escondidas
ahogadas allí, cada mañana.

Te buscaba en la luz, en rincones sombreados;
en letras de la historia sin comienzo,
en los versos no escritos que pasaron de largo
y quedaba rendida pero siempre insistiendo.

Te buscaba en bolsillos de mis días
y escarbaba en migajas, hambrienta de otras noches.
Te extrañaba en mis horas, en mi cama vacía,
y en mi agenda seguían en blanco los renglones.

Te reconozco hoy, a pesar de las dudas
y me desilusionas, no veo lo que quiero.
El destino parece presentarme una burla
cuando arden los altares donde pedí tus besos.

sábado, 22 de febrero de 2014

Una tregua, de S Pressacco

Dama sin sentimientos concédele otro tiempo,
tu reloj marca el paso;
¡cambia el día!,
¡cambia la hora!
¿Por qué no te arrepientes?
Sólo eliges y llevas…

Cargas sobre tus hombros a montones
y adicta siempre bebes del último latido.
Tienes un gran manojo que ruega tu visita
te invitan, te seducen
¿por qué no los atiendes?
llévatelos y deja lo que es mío.


Han sido muchas idas, dolidos arrebatos
Te llevaste mis todos;
mis hojas y mis brotes.

Es hora de rendirte
inclina hacia mi lado la pulseada.
Yo prometo llamarte
cuando el cuerpo que adoro
no quiera ser guerrero
y suelte los escudos de sus manos.
Yo daré mis raíces si es eso lo que quieres
sin escenas de celos.

Concédeme otro día, no seas implacable,
debo encontrar razones en mis venas
a pesar de tener el corazón mordido

Déjanos,
porque cuando lo lleves sabes del no regreso
y perderás tu imagen de insensible
cuando nos quieras juntos y vengas a buscarme


martes, 18 de febrero de 2014

Narrador protagonista, de S Pressacco

              



Estoy desorientada porque el protagonista de mi cuento robó las últimas hojas de la obra. Mi espacio y tiempo buscan coincidir con sus coordenadas pero las brújulas desconocen el norte y los mapas son mamarrachos de continentes. 


Cuando reescribo párrafos que memoricé, la tinta se baña en grandes lagunas que dejo formar sobre el nombre del ladrón y en los momentos en que mi pluma descansa sin ideas y la esperanza me lo trae, el viento insiste en darme vuelta la página para evitar que acepte la comodidad de una rutina.

El destino se niega a enfrentarme con el que llevó mi ilusión y me invita a vivir historias sin borradores y sin inútiles narradores omniscientes. Me aleja a la rastra de los capítulos vividos para que deje al personaje secundario enredado entre letras viejas y confiando en que sea capaz de soltarlo definitivamente de mis renglones. 

Sé que es tiempo de animarme a las sorpresas y de escribir mi historia en primera persona.

viernes, 14 de febrero de 2014

Vivir lo que termina, de S Pressacco


          

                            


Será que nos alcanza una ráfaga suave
y contagia de un frío que es preludio.

Será que el desamor es invitado
cuando la escena es vieja
y los protagonistas olvidan su libreto.

Será acaso que abren sin aviso la jaula
resguardada en el pecho y algo de allí se escapa.

Será mi no dolor sinónimo de hueca
o tal vez la rutina suaviza los derrumbes
para que sin las manos pase por los confines
y resulte sencillo vivir lo que termina.

Será que al no creer en inmortales
mi no sentir ya tenga fecha de vencimiento

miércoles, 12 de febrero de 2014

Recuerdos de un inmigrante (3ra parte), de S Pressacco





Se sorprendió cuando la señora que lo vio sentado en un banco de la plaza insistió con encontrarle un techo, no había conocido personas capaces de conmoverse.

Sus conocimientos en electrónica lo ayudaron para que lo instalaran en una habitación que la usina eléctrica tenía en el patio.

La primera noche había dormido sobre el elástico de una cama ruidosa acurrucándose entre sus piernas flacas porque, a pesar de las bajas temperaturas, prefirió mantener la puerta abierta para que el olor nauseabundo decidiera desalojar lo que sería su espacio. Durante días estuvo ordenándolo y consiguió comodidades que no había soñado tener.

Antes del inicio del horario de comercio debía tener las oficinas limpias y después de terminar se quedaba observando atento la labor de los demás ayudando incluso en oportunidades con algún mandado. Siempre conseguía alguna moneda, una herramienta vieja que reciclaba con paciencia y sobre todo, muchas preguntas que su timidez no le permitía plantear.

Las noches representaban el peor momento de la jornada porque desfilaban los recuerdos intentando romper la seguridad que mantenía durante el día. Para impedir que el insomnio pusiera a prueba su fortaleza buscaba el cansancio como remedio y con el paso del tiempo comenzó a estudiar los circuitos eléctricos y baterías que se exponían y explicaban en las revistas que llegaban a la oficina.

Su disposición hacia las tareas que le encomendaban, la inteligencia que demostraba al resolver situaciones y su educados modales, le permitieron ganarse el respeto de los empleados de la usina que festejaron cuando logró ser uno de ellos.

Sin abandonar las tareas iniciales cumplía 6 horas más de trabajo y en sus tiempos libres reparaba artefactos domésticos que le permitían ahorrar parte de su sueldo en una lata que, posteriormente, enterraba en un rincón de su cuarto.

En esos años la adolescencia se escapó de su lado como en otro tiempo lo había hecho la niñez, pero era una circunstancia que no le afectaba como pensaban muchos ya que no encontraba ningún beneficio en ser un joven tonto y dependiente como los que acostumbraba cruzar en el único bar del pueblo.

Cuando lo invitaron por primera vez a un picnic y le hablaron de bailar con jóvenes bonitas rechazó la invitación argumentando que no tenía ropa adecuada; pero en realidad , no deseaba perder horas de trabajo ni malgastar su dinero. No le hacía falta nada en la vida, sólo trabajo. Para eso lo habían abandonado en Argentina.


Una vieja utopía, de S Pressacco



En un mundo de sepia sigo siendo el color
llevo esperanzas locas en medio de las guerras
donde cargo las armas con sentimientos blancos
mientras reptan pecados hacia fértiles fosas.

Soy tonto entre los vivos que están muertos,
transparente entre sólidos oscuros,
soy un buey solitario cargando lo podrido
que germina con nada de los rancios escombros
por eso seré siempre una eterna utopía.

Me entrego como abrigo de valores
y entre tantos desnudos insensibles
termino siendo usado para otros objetivos
explicando razones que no entiendo.

Para los que me niegan siempre seré un débil,
para los que me adoptan una fuerza increíble
y para los que sienten que no soy de este tiempo
el recuerdo de máculas extrañas,
sólo diamante falso sobre un manto apagado
.

sábado, 8 de febrero de 2014

Recuerdos de un inmigrante (segunda parte), de S Pressacco

Prefería apartarse de la peonada a la hora de comer porque consideraba a esos “negros” unas bestias sedientas y sucias incapaces de callar mientras masticaban. Bajo la sombra de un árbol y a escondidas de todos, traspasaba la porción del día a un plato de lata limpio que guardaba en su cartera de cuero. En esa soledad leía y releía las pocas cartas que llegaban de sus padres y allí mismo, algunas veces, se permitía llorar. Después, con el ceño fruncido y los labios apretados, volvía a la rutina para poder merecer otro plato de comida.

La observación silenciosa fue en ese tiempo su mejor maestra y las necesidades que padecía, fertilizantes para su inteligencia y creatividad. Le resultaba fácil reparar motores valiéndose de otros en desuso y además diseñar herramientas precarias que le permitieran aliviar su tarea o la de los demás. Con la curiosidad propia de sus pocos años desarmaba y armaba artefactos eléctricos como un juego logrando así desenvolverse con gran habilidad en ese rubro.

Sólo percibió el paso del tiempo cuando recibió una fotografía de su familia y en ella le costó reconocer a su hermana menor convertida en una señorita. Recordaba minuciosamente las líneas escritas detrás porque las frías palabras eran una despedida. Ni el océano, ni el escaso dinero lograron ser buenos motivos para que renunciara a regresar, sólo las tijeras filosas de la guerra desatada en su continente cortaron definitivamente sus esperanzas. Fue el inicio de esa guerra lo que hizo poner fin a su espera. Ya nadie vendría por él y por última vez dejó que sus ojos duros lloraran.

Con 13 años y decidido como un hombre, se fue del campo sin dar explicaciones porque sabía que a nadie le importaban de verdad.

miércoles, 5 de febrero de 2014

Recuerdos de un inmigrante (1era parte), de S Pressacco

                                  
                                   





No podía saber cuántos momentos había borrado de su memoria con los años, pero el primer día en Argentina seguía intacto y lo revivía como si fuese esa misma tarde. Volvía a ser un niño en las calles grises del puerto, sintiendo cosquillas de incertidumbre y un miedo indescriptible comiendo su hambre mientras se sujetaba a la mano callosa de su papá como lo único seguro.

Dos días después de haberlo desembarcado el bergantín había vuelto a partir, y aún maldecía no haber seguido el impulso de subirse de nuevo olvidando lo que se esperaba de él. Comprendería después que por su cobardía había perdido la única oportunidad de volver a los brazos de su madre. Desde entonces, ningún barco se la trajo y ninguno lo regresó. El sueño de volver a Italia moriría con él, enterrado bajo una tierra que lo había cobijado pero en la que siempre se sintió un intruso. Una tierra en donde conoció temprano el abandono, la pobreza y el sacrificio.

Aún le dolía la mano gruesa y firme de su padre posada en el hombro, la presión del moño que acomodó en su cuello y la caricia fría sobre el flequillo para despejar los ojos que vencían a las lágrimas. Él tenía tan solo 8 años cuando lo vio partir dejándole un montón de mentiras como única esperanza, un patrón severo, una cama dura y por techo  un galpón que competía en crueldad con las temperaturas exteriores.

El recuerdo venía acompañado siempre de los mismos dolores que validaban sus convicciones, no era bueno amar y mucho menos confiar.

Había logrado sobrevivir solo y en su corazón nunca hizo espacio para nadie.