miércoles, 29 de enero de 2014

Traes desorden, de S Pressacco


Es un texto ya publicado al que le hice algunas correcciones







Estaba convencida de que todo lo que había conseguido era suficiente para sentirme plena. Sin embargo, y en contra de todos los estribillos que repetía, apareciste desmantelando mis estructuras.

Ya nada es igual, no encuentro mis rutinas ordenadas alfabéticamente. Algunas enciclopedias de la vida han desaparecido y otras tienen arrancadas las páginas del tema que me preocupa. No encuentro explicación, ando ignorante, sorprendida y hasta enojada conmigo misma; haciendo equilibrio entre lo que tengo y lo que tenía, entre el fuego y la calma, entre pasiones parecidas y tan opuestas.

A veces caigo en la zona de la incongruencia y las explicaciones surgen de lo que siento. En otras oportunidades, me inclino hacia la otra zona donde vuelvo a encontrar el orden conocido pero mi cuerpo me desobedece perdiéndome el respeto.

Busco justificaciones atribuyendo la culpa a otros, tratando de convencerme de que nada puede ser cierto. Es entonces cuando te odio. Te odio, porque desarmas la biblioteca de las respuestas y me invades con prepotencia creyéndote mi dueño, porque cambias mis planes y a veces son los tuyos los que llevo a cabo; te odio porque borraste mi “yo” y lo sustituiste por un “nosotros”, porque ya no hay “mío” sino “nuestro”, porque diseño “mis” proyectos para compartirlos contigo, porque me pesa amarte...

Odio amarte porque te apoyaste abruptamente en mis estructuras dejando todo desparramado por el suelo.

martes, 28 de enero de 2014

Olvidar, de S Pressacco




Si con lágrimas fuera suficiente,

si con ellas bastase…

si exprimiendo la sal de mis pupilas

el dolor se olvidara,

derramaría ríos

de caudales valientes

que arrastraran con ellos a mis ojos

para seguir llorando

mi propia sangre.

viernes, 24 de enero de 2014

Desilusión, de S Pressacco


Frecuenté como adicta
tus sábanas de hielo,
desistiendo de mantas cariñosas,
dibujando sonrisas en el mármol
que esculpías con frío.

Convertida en un dique caprichoso
me empapé de otras olas con afán
para sentir martillos de tibieza

Fue inútil,
sigo así, sin quebrarme
Vestida de un cemento que no daña
y aburrida de  embistes que no vencen
porque es casi imposible
provocarme suspiros que hagan grietas.

domingo, 19 de enero de 2014

Aprender a seguir, de S Pressacco

Hoy  te dejé ir , en contra de lo que siempre pensaba, porque reconocí  al amor de nuevo. 
Admito haber sentido  nostalgia cuando sin entender cómo de mis labios nacieron palabras que creí vectores de  único sentido. Fluyeron cuando entre sus brazos el sudor provocó fríos que arrinconó a nuestras almas sin preámbulos,  mientras mi cabello jugaba entre sus dedos y el dibujo de nuestras sonrisas fue espontáneo.
Tú, fantasma silencioso,  te soltaste del abrazo débil con el que resistimos tanto tiempo  para festejar  desde donde  latirás siempre, en ese espacio privado que ocupas como un centinela fiel que ya no cobra sueldos.  
Sabes que esta vez mi corazón no miente porque lees la historia nueva que escribo con letra tranquila y sin tantos adjetivos. Percibes esperanzas en los párrafos lentos.  
Hoy me sueltas  y   te suelto, te dejo ir... porque  comprendí  que no existe vida sin lágrimas.

viernes, 10 de enero de 2014

El plumero de mamá, de S Pressacco



En mi adolescencia comprendí que había sido una niña golpeada. Para mí era un acto natural recibir palizas de mi mamá y estaba convencida de que las merecía por seguir o apañar las travesuras de mi hermano Carlos. Cuando comencé a comparar mi realidad con la de mis amigas advertí que no era normal, que existían otras maneras de lograr obediencia y que en casa se desconocía la palabra "negociar".

Admiraba a mi hermano, me encantaba su modo de desafiar y de contestar a mi madre; incluso como zafaba de sus golpes. Con el tiempo, a medida que crecimos, comenzó a superarla en fuerza y velocidad y era muy común que antes de emprender la huida le arrancara el temido plumero de las manos. Sí, con ese instrumento de limpieza mi mamá nos pegaba.

Aun así, con las fugas llenas de adrenalina, había que volver y Alicia, mi mamá, nunca olvidaba. La mayoría de las veces terminábamos llorando los dos sentados en el zaguán de entrada, comparando quien había sufrido más consecuencias en el último enfrentamiento.

Mi papá jamás me pegó y recuerdo que alguna vez sorprendió a mi mamá en sus actos enfurecidos y la detuvo; seguramente su defensa le costó el rechazo de mamá por una semana. Creo que no sospechaba que casi todos los días eran iguales y no recuerdo tampoco que en la mesa se planteara lo sucedido.

Nuestro problema comenzaba después del almuerzo cuando nos obligaban a dormir la siesta. Aún hoy no entiendo por qué no había otra posibilidad ni aun prometiendo silencio absoluto. Así terminaba en la cama grande con mi mamá y Carlos acostado en una cama turca. Ambos disimulábamos estar dormidos con una respiración sonora que mi hermano me había enseñado y cuando escuchábamos que la de mamá era profunda intentábamos huir hacia el patio o hacia la calle. El problema era romper el contacto corporal con mi madre sin despertarla porque por lo general ella me rozaba entonces ponía cualquier juguete para sustituirme sin sospechar que su dureza terminarían por despertarla.

La mayoría de las siestas no la dormíamos, no sé bien qué hacíamos pero el objetivo era escapar de lo que considerábamos una penitencia y era entre risas, corriendo de la mano y seguidos por nuestro cachorro que tenía prohibido ladrar.

Terminábamos encima del techo de casa porque era un lugar al que mamá no podía acceder fácilmente y desde allí escuchábamos sus amenazas mientras nos buscaba en el patio e incluso la observábamos caminar por la vereda enfurecida.

No demoró mucho tiempo en descubrir nuestro refugio ni el lugar por donde nos trepábamos asique se acercaba al tapial con el plumero en la mano y desde allí me llamaba, siempre a mí. 


Carlos se quedaba silencioso en el medio del techo, clavándome sus ojos redondos y fijos con los que se ganó el apodo de “El loco”. Era el peor momento para mí porque sabía que una vez puesto los pies en la vereda o aún sin terminar de descolgarme del tapial, mi madre comenzaría a pegarme. Tarde o temprano lo haría, por eso mi hermano no se bajaba enseguida, yo sí; llorando antes de la paliza y rogando que esa vez tuviera la recompensa por obedecer.

La diversión de la tarde terminaba con rayas rojas en mi piel que enseñaría como trofeos de guerra y sacudida en los brazos de mamá buscaba entre lágrimas la mirada celeste “ del loco” que seguía arriba ,victorioso pero triste por la caída de su mejor soldado.

Los años me fueron alejando de los juegos varoniles pero siempre los recuerdo como la mejor oportunidad que tuve de conocer a mi hermano; creo que nadie lo conoce como yo. Hoy, mantenemos esas miradas cómplices ante una travesura de nuestros propios hijos y ambos, que detestamos el castigo y tal vez cometemos mil errores, tenemos bien en claro qué tipo de padres no seremos nunca.