lunes, 8 de septiembre de 2014

Mi primer amor, de S Pressacco

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La atracción que me generó mi primer amor nació apenas lo vi, fue algo que descubrí en su mirada, una necesidad imperiosa de escuchar la voz que habitaba detrás de sus ojos y que por alguna razón no se expandía. Por ese entonces yo era un junco en crecimiento que jugaba a escondidas con las muñecas y él, en cambio, lo hacía con las mujeres.

Las sensaciones nuevas que experimenté me dejaron intranquila y durante meses garabateé en mis apuntes de secundario las iniciales de su nombre. Nunca expliqué su significado a nadie porque quería evitar las peroratas de mis amigas. Yo sabía que no era el muchacho ideal.

Mis ojos desobedientes deben haber sido los que me delataron porque él advirtió que no me era indiferente y sin siquiera imaginarlo, me eligió como su próxima víctima.

En un principio me extrañaban las coincidencias que nos reunían porque los muchachos de su edad frecuentaban otros espacios; después, hicimos de nuestros encuentros una rutina cómplice. 

Todo transcurrió demasiado rápido y me vi enredada en una historia que parecía la de otra persona. Poco a poco, perdí la libertad, renuncié a las reuniones con mis amigas, a la espontaneidad que me caracterizaba para evitar las constantes peleas surgidas por sus celos. Fui encerrándome en lo que él quería que fuera y me engañaba pensando que solo había guardado mis muñecas. 

Recuerdo el enojo que me causó enterarme de que tenía una relación desde hacía tiempo y deducir que me estaba considerando una de sus conquistas pasajeras. No sé si me enojó más la mentira o que él se creyera con derechos sobre mí sin ofrecer nada a cambio. Fue en ese momento que me encontré de nuevo con mi esencia, con mi natural rebeldía y las riendas se me ofrecieron claras y seguras. Mi primera decisión fue no decirle nada al respecto y hacerle creer que la nena era ingenua y sumisa.

Una noche en particular decidí patear lo que se esperaba de mí y asistí a una fiesta de egresados del secundario sin que él lo sospechara ya que mis padres, por primera vez y con ciertas condiciones, no me negaron esa salida. 

Apenas comenzó el baile lo aprecié desde la lejanía. Estaba sentado junto a su novia a la que mantenía abrazada de la cintura mientras la miraba como solía mirarme a mí . Me pregunté si también la tendría atrapada, si para tenerlo había renunciado a ser ella y si yo quería seguir cobijándome en su tiranía. No lo dudé a pesar de saber las consecuencias que me traería desobedecer a mis padres y salí a bailar con un muchacho que por ese tiempo no se cansaba de mis negativas constantes.

Aún me causa gracia la expresión de sorpresa que le pinté en el rostro. Una expresión que se fue transformando en furia a medida que avanzaba la noche. Sólo yo podía leer el egoísmo y el orgullo herido en sus ojos porque la chiquilina no había sido sincera y las paredes del salón entero se le reían a carcajadas. Esa misma noche me alcanzó antes de que entrara a casa para pedirme explicaciones. Yo, en cambio, no le pedí ninguna.

Por esos días me llovieron sus promesas y aunque la desconfianza me seguía acechando, me dejé besar. Y aprendí a besar. Creo que ese contacto nos desestabilizó pero ninguno de los dos fue capaz de admitirlo. Nuestros encuentros eran batallas en las que elegía cederle las armas para que se creyera victorioso pero después las retomaba para sorprenderlo por la espalda. 

En el verano me fui de vacaciones con mis amigas a pesar de haberle asegurado que no lo haría. Cuando comprendió que no estaba en el pueblo pasó del enojo a la risa, del deseo de un contra-ataque al de abrazarme. En realidad, extrañaba a la niña que desobedecía sus órdenes y le gustaba más de lo que suponía. Creo que aprendió la lección porque no sólo me esperaba ansioso sino que desde entonces no dejó de ser mi compañero y mi único amor.

Sus ojos, que me siguen enamorando, ya no tienen misterios para mí. Él tampoco se sorprende de mis locuras que lo hacen oscilar entre la bronca y la alegría. Asegura que en el pasado fue víctima de alguna maldición femenina porque nuestras hijas son mis clones.