domingo, 29 de junio de 2014

Lidiar con las voces, de S Pressacco

                           

La espera me obligó a replantear mis decisiones mientras la ansiedad movía mi pié bajo la mesa. Traté de distraerme adivinando el ritmo de la ciudad detrás del ventanal empañado y evitar así contemplar la prisa que había adoptado, por algún efecto mágico, el reloj enorme que adornaba la pared de enfrente.

Cuando aparecieron no me sorprendí. En los últimos días me había acostumbrado a su compañía. Revolotearon rozando mis orejas mientras intentaban convencerme de seguir sus libretos.

- No pienses tanto- dijo uno con el ceño fruncido- eres feliz con él. ¡Deja esa vida aburrida!- exigió.
- No lo hagas- rogó el de rostro angelical- perderás todo lo que conseguiste. No es amor.


Pude adivinar el fastidio que les provocaba lidiar entre ellos y venderse como un político.

Mientras dudaba si permanecer en el bar, uno de ellos comenzó a enumerar mis errores mientras el otro me recordaba el exquisito gusto del veneno y volcaba en mi café las imágenes felices que había vivido desde que tomé el camino que me propuso.

Las paredes de la taza estaban saturadas de la indecisión que transmitía mi cuerpo, un cuerpo que había vuelto de la muerte pero para conocer el infierno.

Cuando llamé al mozo para pedir la cuenta un par de alitas aplaudió mientras el otro compañero, incapaz de aceptar una derrota, hacía peso sobre mi hombro para impedir que me levantase.

Tironeada por dos posiciones tan distintas presioné mis manos sobre los oídos para asfixiar las voces chillonas. No quería seguir en el medio de esa disputa pero era imposible callar mi propia conciencia.

La noche entrada fue levantando las sillas sobre las mesas del bar y pude reconocer que mi padecimiento era inútil. Él no acudió a la cita.

Salí del lugar custodiada por mis tortuosos amigos. El motivo de su nueva discusión eran mis lágrimas; uno aseguraba que eran de pena y el otro, que se debían a mi orgullo herido.

La temperatura de la ciudad había bajado hasta estrellarse con mis dudas y el frío me eligió para alojarse. Por un momento pensé que sería otra presencia inseparable.