martes, 20 de mayo de 2014

Quemar los altares, de S Pressacco


Creí morir por entonces, cuando llevaba el corazón dolido y el aire no alcanzaba para hinchar mi pecho.

Fuiste el primer actor de aquellas épocas, un tentador chocolate que me ahogaba y al que me hice adicta. Cuando me dejaste llorando de abstinencia mi cuerpo se resistió al movimiento, parecía no estar dispuesto a emprender otro camino.

Ahora hablas de regreso porque ya no deambulas confundido. Mencionas al amor, le pones mi nombre y me pides perdón porque nunca fuiste bueno para vivir tus sueños. 

Me miras, como nunca antes lo hiciste y acaricias mi mejilla con miedo, como si una gran amenaza pudiera romper la copa de vino que deseas llevar a tu boca.

Acomodando mi cabello detrás de mis hombros me provocas guardando las palabras en tus ojos y recorres con tu índice mis labios y después mi cuello. Por un momento soy presa del pasado, de una vida que regresa y que creí perdida.

Pero la nueva lente con la que te miro focaliza distinto y la imagen del altar en el que te tenía se incendió. Te pude ver en el reflejo brillante como lo que eres, un mortal, tan solo un hombre.

Me vi caminando descalza por corredores vacíos, golpeando las puertas que me cerrabas. Una tonta en soledad; tan tonta, que adoraba una figura de yeso.

Aun así, déjame decirte que esta mujer que recuerda sabe perdonar.

Quiero que sepas que pude encontrar el amor sin arrodillarme ante dioses fríos. No puedo decir que es una gran historia, pero es la historia que elegí. Pude continuar y no entiendo por qué el tenerte enfrente me provoca cosquillas. Pasó una eternidad y es incomprensible.

Tendré que acostumbrarme a que el chocolate me hace mal y lo tengo prohibido.