jueves, 29 de mayo de 2014

La profe Rosa, de S Pressacco

Muy pocos conocieron sus ojos porque debido a su temprana miopía llevaba unos anteojos gruesos y oscuros. Recuerdo la sorpresa que me provocó la claridad de su mirada y sus párpados hinchados cuando interrumpió su discurso en una reunión de trabajo para limpiarse los cristales.

Era tranquila, demasiado. Caminaba como llevando cansancio acumulado en los años de docencia. Algunos afirmaban que era distraída pero en realidad lo que se le pasaba por alto era porque no lo veía o porque sencillamente no le importaba. En una ocasión, mientras decíamos la oración a la bandera, observé que llevaba medias de hombre de distinto color y, al señalárselo en secreto, elevó los hombros restándole importancia; en otra oportunidad, entró al colegio pasando entre adolescentes aglutinados en la puerta con la parte posterior de su pollera enganchada en la cintura. Todo el alumnado rió al ver  la ropa interior  con corazones rojos que llevaba porque a pesar de que un colega se lo advirtió, ella se tomó su tiempo para acomodarse la ropa.

En su casa se podían ver los platos sucios sobre la mesada y adivinar la comida del almuerzo y de la noche anterior. En épocas de cierre de promedios era común que las evaluaciones de los alumnos y la lupa que usaba para las correcciones ocuparan un lugar en la mesa entre los platos y cubiertos. Pasaba el día completo dedicada al colegio porque le demandaba casi una hora calificar una sola de las pruebas. No tenía ni una planta para regar, ni siquiera una mascota para cuidar porque aseguraba no saber hacerlo.

Fumaba más de lo imaginable y siempre mentía al respecto. Cuando se dispuso la ley que prohibía fumar en las instituciones públicas se refugiaba en la cocina alejada de la sala de profesores y allí consumía los cigarrillos como caramelos mientras la portera , que era su cómplice, hacía guardia en la puerta. Tenía autoridad conseguida por la camiseta sudada; por eso los demás aparentábamos ignorar su rebeldía.

En clases era lenta en las explicaciones y creo que con ella comprendí que amaba la matemática porque descubrí que no era terrible como asignatura sino que siempre me la habían presentado de una forma atropellada. Cuando comencé a desempeñarme como su colega depositó en mí toda su confianza asignándome el poder en la toma de decisiones. Para ella mis ideas eran brillantes y me alentaba a llevarlas a cabo. En una época en que se cerraban divisiones fue capaz de renunciar a unas horas cátedras para que yo pudiera tomarlas y mantener mi trabajo en el mismo colegio.

Cuando llegó el momento de jubilarse, algo que  deseaba en sus últimos años como docente, se encontró con que no sabía qué hacer con su vida porque nunca la había tenido fuera de las aulas. Sus hijos ya tenían sus propias familias y acostumbrados a prescindir de ella, siguieron haciéndolo y ni siquiera supo cómo ser abuela. Sus manos torpes para cualquier trabajo y su vista cada vez más ausente, la obligaban a mantenerse encerrada compartiendo las horas con el cigarrillo y una depresión que engordaba a pasos agigantados.

Mi amiga Rosa, falleció unos años después de jubilarse. Ese día frío y oscuro, lloraron las paredes de la escuela.