sábado, 8 de febrero de 2014

Recuerdos de un inmigrante (segunda parte), de S Pressacco

Prefería apartarse de la peonada a la hora de comer porque consideraba a esos “negros” unas bestias sedientas y sucias incapaces de callar mientras masticaban. Bajo la sombra de un árbol y a escondidas de todos, traspasaba la porción del día a un plato de lata limpio que guardaba en su cartera de cuero. En esa soledad leía y releía las pocas cartas que llegaban de sus padres y allí mismo, algunas veces, se permitía llorar. Después, con el ceño fruncido y los labios apretados, volvía a la rutina para poder merecer otro plato de comida.

La observación silenciosa fue en ese tiempo su mejor maestra y las necesidades que padecía, fertilizantes para su inteligencia y creatividad. Le resultaba fácil reparar motores valiéndose de otros en desuso y además diseñar herramientas precarias que le permitieran aliviar su tarea o la de los demás. Con la curiosidad propia de sus pocos años desarmaba y armaba artefactos eléctricos como un juego logrando así desenvolverse con gran habilidad en ese rubro.

Sólo percibió el paso del tiempo cuando recibió una fotografía de su familia y en ella le costó reconocer a su hermana menor convertida en una señorita. Recordaba minuciosamente las líneas escritas detrás porque las frías palabras eran una despedida. Ni el océano, ni el escaso dinero lograron ser buenos motivos para que renunciara a regresar, sólo las tijeras filosas de la guerra desatada en su continente cortaron definitivamente sus esperanzas. Fue el inicio de esa guerra lo que hizo poner fin a su espera. Ya nadie vendría por él y por última vez dejó que sus ojos duros lloraran.

Con 13 años y decidido como un hombre, se fue del campo sin dar explicaciones porque sabía que a nadie le importaban de verdad.