sábado, 30 de noviembre de 2013

Sin culpas, de S Pressacco





En una ceremonia lenta subía al cielo llevando retazos de infierno en el cuerpo. Se sentía confusa transitando entre los dos reinos acompañada  por ángeles y de pronto por demonios traviesos.
En la llanura de la cama quedaron huellas profundas de aquel incendio, cuerpos surcados con las garras del deseo, ignorantes de culpas. Entre el bien y el mal, la había vuelto a hipnotizar y nunca evaluaba si hacía lo correcto  cuando la  sed del hechicero  bebía de su cuerpo tomándola sin preguntas. 
Sus fantasías ocultas se concretaban más allá de sus sueños y no temía  morir quemada si fuera por uno más de esos encuentros.
La luz intensa del mediodía  la ayudó a contemplar al que dormía a su lado. Tenía  las  alas aplastadas enredadas en las sábanas y tras sus párpados cerrados descansaba el demonio que regresaría ni bien la mirara con sus intensos ojos negros.



viernes, 29 de noviembre de 2013

El gris toma protagonismo, de S Pressacco

Conozco la ira y la calma, el llanto y la carcajada ruidosa y  muchas otras  sensaciones opuestas que no podría concebir separadas  porque padecer a unas me hace disfrutar de las otras.

Sé que desconcierto con mi defensa porque en oportunidades exploto  en gritos y en otras me refugio en un  mutismo absoluto.

 A veces elijo mal las compañías que me presentan la envidia y el egoísmo pero también sé cobijarme   en  los mejores abrazos  llenos de afecto sincero.

 Experimento el rencor y el amor incondicional, el sabor dulce del triunfo y lo amargo de la derrota, la ilusión me llena con los sueños alcanzados y pateo con bronca algunos imposibles.



Valoro el agua porque he padecido la sed, la luz porque transité la oscuridad y al fuego porque he sentido frío.

Prefiero los extremos. Evito el gris de la indiferencia que sin querer va tomando protagonismo.

domingo, 17 de noviembre de 2013

La historia de Mabel, de S Pressacco





Mabel era una alumna como muchos, mostraba hacia mi asignatura una real apatía. Acostumbrada a esa situación, uno se va endureciendo y ya no busca explicaciones a las renuncias tempranas, a esa convicción que conlleva la afirmación “no puedo” o la tan repetida “matemática es muy difícil”.

 En los momentos de práctica me detenía junto a su banco e intentaba llegar a ella, pero su mirada sin emociones o las respuestas cortantes me marcaban la distancia. Después de comprobar una y otra vez “que no valía la pena” justifiqué mi alejamiento y mi desinterés por ella  cuando me convencí de que había hecho  lo suficiente; “preocuparme” porque aprendiera “fracciones” y no insistí.

Después de compartir los resultados de rendimientos con mis colegas descubrí que Mabel no demostraba interés en ninguna asignatura, no cumplía con los deberes, ni materiales,  faltaba mucho y desde hacía una semana no aparecía en el colegio. Sus  compañeros  entre sonrisas cómplices e ironías me pusieron al tanto de que la calle le ofrecía a Mabel más atracciones.

Los directivos tomaron carta en el asunto  y así fue como me mandaron a averiguar qué sucedía; debía conseguir que retornara a las aulas. Confieso que la misión me produjo enojo, no concebía lógico regresar a alguien que no quería estar allí y por más argumentos sociales y culturales que se repetían en mi cabeza sabía que no lograría nada con ella; nunca lo había logrado.

El barrio de casitas estaba atestado de perros hambrientos en las veredas, metían sus hocicos en los tachos de basura y corrían con bolsas plásticas hilachentas en su poder como si se tratara de un botín, para terminar de desparramar su contenido en cualquier parte. Niños, en su mayoría descalzos, jugaban con una pelota en un sitio baldío. En una de las esquinas, encontré la casa que buscaba. Tenía las ventanas sin los postigos de madera y los vidrios habían sido sustituidos por bolsas negras de plástico.

La desconfianza me acompañó hasta la puerta; escapar de allí era lo único que deseaba. La mamá era una señora obesa, llevaba lentes de aumento y  no comprendió para qué me presentaba. Me hizo pasar para que esperara a su marido.

 Recuerdo la impresión que me produjo ver todo lo que se amontonaba en la sala de estar que tenía las paredes negras de hollín.  Leña, cartones, ropa secándose, un colchón tirado en el suelo, la mesa atestada de herramientas y dos sillas distintas con poca estabilidad. La señora sonrió cuando pregunté por Mabel, pero no respondió. Creo que nunca comprendió quién era ni lo que buscaba.

Cuando apareció el padre  agradecí que se tratara de un borracho alegre; de esos que subestiman la vida y que la violencia no dirige a sus actos. Golpeó mi espalda con fuerza cuando la señora me presentó. Lo hizo en cada ocasión en que tomaba la palabra para darme una respuesta. En un lenguaje poco ordenado hilvané los capítulos y conocí la realidad de Mabel. Eso era su vida. La mamá necesitaba una operación porque perdía la vista irremediablemente, su padre hacía changas de albañil y antes de regresar a su casa consumía la ganancia de la jornada en el bar de la esquina. No tenían luz, por eso hacían fogatas dentro de su casa y como tampoco tenían gas cocinaban dentro del bidet del baño donde habían improvisado una parrilla. Las paredes oscuras y el olor rancio, las bolsas plásticas inflándose en las ventanas y los perros masticando sobre el colchón; son imágenes que aún hoy me duelen. Salí cuando estuve convencida de que no tenían ningún control sobre su hija, que ya ni la veían, que andaba con juntas raras y que solo pedía y pedía.

Cuando conté a mis superiores los resultados de mi visita lo hice llorando. Fue tal la impotencia y comprendí tanto a la muchacha que en mi enojo quería hacer de todo. Le llevé ropa, zapatillas; hasta  propuse pagarle el colegio, hacerme cargo de los útiles que nunca había tenido,  pero el  padre sólo me pidió dinero, comida y trabajo para su nena. Mabel resignada me miraba llegar a su casa con una expresión triste en los ojos delineados exageradamente. Sacudía la cabeza cuando dejaba sobre la mesa lo que había logrado juntar para ellos.

Desde mi familia me intentaron convencer en más de una oportunidad que lo que estaba haciendo no lograba nada, que no me correspondía a mí, que como Mabel eran cientos, miles… que el Estado, que la asistente social, que el municipio, que el hospital, que el psicólogo… no se  logró nada porque nadie hizo nada. Le conseguí un trabajo de niñera pero Mabel nunca se presentó,  la veía en la calle con más frecuencia, acompañada de muchachos mayores, con ropa ajustada y mirada de desafío.

Dejé  las hojas de ese capítulo y volví a las rutinas de mi vida. Pasaron algunos meses y me encontré con el padre que volvió a golpearme con un saludo en la espalda. Pregunté cuál era la situación casi en un murmullo y el hombre festejó exageradamente a los gritos cuando me contó que su hija de 13 años estaba embarazada, que estaba viviendo en pareja a unos cuantos kilómetros, en un campo. Creo que adivinó mi pregunta  y me dijo “despreocúpese patroncita, la Mabel está re bien… tiene el frezzer lleno”

Esta re bien, repetí mientras caminaba hacia mi casa. Unas lágrimas redondas y pesadas fueron acompañándome sin quejas, nacían así, como si fueran incontrolables.

La vida no es justa; mil pruebas hay de ello. Ni con lo que te entrega cuando naces, ni con lo que mereces mientras la transitas.
En mi desempeño como docente puedo experimentar esa sensación de disconformidad en varias oportunidades y con mi antigüedad en la profesión comprendí que el discurso no puede ser homogéneo, que así como se debe atender la diversidad en el proceso de enseñanza, también hay que ser frío al momento de fijar los mínimos objetivos que uno persigue con cada uno. Jamás podría decir que lo bueno para uno, sea bueno para todos después que tuve a Mabel en la 2da división.

Ser feliz para el padre era tener el frezzer lleno. Para Mabel, haber logrado salir de su casa… no importaba cómo y a costa de qué.


Decisión, de S Pressacco

La cordura me arrastró hacia el límite, lo hizo  enojada; yo no estaba siendo obediente aun conociendo sus buenas intenciones.

La silueta del acantilado marcaba un cambio en mi vida y  dudé que pudiera cortar mi pasado sin lastimarme.

Una aburrida coreografía volvió a desarrollarse en mi memoria pero  el galán de los perdones esta vez se resistió a seguir bailando.

Con gran paciencia fui desenredando una a una las plumas  viejas.  El aire filtró por ellas alistándolas.Creo que desde entonces aprendí a respirar de nuevo o lo hago de otra manera. 

El miedo inicial desapareció cuando descubrí que podía rozar los más oscuros abismos y salir airosa, que en cada caída juntaba experiencias y mis alas de tanto probar se fortalecían.

Agradezco a la cordura que no me abandonó en esa mala época, que me permitió conocer una realidad que transito sin permisos ni condicionamientos. Vivo como una niña traviesa que lastima una y otra vez sus rodillas al hacer piruetas pero que está dispuesta a seguir disfrutándolas.

domingo, 3 de noviembre de 2013

Mis necesidades protestan, de S Pressacco





Si   supieras … cómo llueve adentro mío y cómo duelen los relámpagos que avisan que esta tormenta será eterna. El sol  ha contado con pereza que   decidió apagarse y se cuestiona seguir  saliendo.
Si supieras … cómo es mi vida desde tu partida, tal vez… tal vez te importaría.
Si entendieras lo que hiciste con el alma mía arrancándole la piel que la cubría, eras tú cuanto tenía; el abrigo al que ella confiada, siempre acudía.
Si entendieras  … cómo extraño lo que me ofrecías,  siendo tan poco para ti, el paraíso entero yo sentía que tenía.
Si supieras y entendieras, tal vez… tal vez te importaría.
Las palabras elegidas, esas que tan fácilmente pronunciabas, desaparecieron de repente y las hojas  de mi cerebro quedaron desnudas, tiritando  por la ausencia. Me invitan con frecuencia a dibujar interrogantes, a plasmar aunque sea tu nombre, a refugiarte en el recuerdo y dejar que  el dolor sea una costumbre. Ya no hay tinta suficiente, ni  una promesa, ni un lamentable  juramento que te regrese.
Te llevaste sin aplausos todo lo que eras, cogiste en la maleta tu grandeza y dejaste vacíos inmensos instalados en mi esencia. Apurado  e impulsado por tus deseos, ignoraste lo que ocasionabas; sin advertir que  encogida  y desabrigada me dejabas; herida y sin ganas.
Alguna vez te invité a ejecutar ese vuelo, sería la testigo silenciosa de  tu sueño. Acomodé mis necesidades en los últimos rincones, las cubrí con otras que parecían más importantes y me dispuse a contemplarte. Ya de eso ha pasado un largo tiempo y me mojo en la melancolía de un cielo completo cuando no puedo divisarte.
Extraño, te extraño entero. No sabes la falta que le haces a mi cuerpo. El frío que siente desde que no te tengo.  Lo ansiosa que cuento los segundos del tiempo. La forma extraña que adoptaron las uñas que muerdo sin consuelo. 
Te extraño… y  quiero señales en medio de lo que creo un extraño infierno. Llueve por dentro, ráfagas heladas me envuelven  y aun así  me quemo pensando en uno solo de tus besos.
 El ruido  atrás de mi espalda es cada vez más intenso, naciendo con enojo y destrozando  la contención que pude; se viene a gran velocidad todo lo que quise. Es un monstruo que emerge hambriento, trae mil  fauces abiertas y enormes, voraces quieren su alimento.  Mis necesidades  desesperan, ya no se esconden; exigen y se revelan. Llevan escritas mil pancartas  con tu nombre…
En la manifestación armada por todos mis sentimientos siguen las protestas, mi mente pide clemencia  ante tu etérea y negada figura. ¡Regresa amor!;te grita… solo tú sabes cómo alimentarme.
El sol de mis días no esperará mucho tiempo, la pereza le gana y el bostezo oscuro me traga junto con el horizonte.

Lo sabes y lo entiendes… debo ser yo la que comprenda que  es tarde, que ya, sencillamente, no te importa ni mi oscuridad ni mi hambre.

Mario Benedetti - No Te Salves -


viernes, 1 de noviembre de 2013

JUGUEMOS, de S Pressacco




Juguemos a que no es ahora; a que el reloj está equivocado y el almanaque ansioso. Imaginemos que el sol se ha confundido y gira en un planeta demasiado pequeño.

Lo haremos como lo hacíamos antes; pero esta vez, la luna hará más larga la noche y nos ayudará a encerrar a las estrellas para que no se vayan, para que la oscuridad no nos asuste.

Juguemos a que nuestros rostros están maquillados, que hemos pintado exageradamente las líneas del tiempo interpretando ser mayores. Que somos actores representando la obra que soñamos; cambiemos las circunstancias y hasta el desenlace.

Volvamos a ser niños. Cierra los ojos y reconoce mi rostro con las manos, detiene tus yemas en mis labios y deja allí huellas de dulzura. Entrégame el caramelo derretido en tu boca así me contagio de vos.

Saltemos o rodemos en los jardines despreocupados. Riamos mirando al cielo, a los cometas que escriben nuestra historia cambiada y a las nubes, que cómplices, empujan las obligaciones. Embadurnemos las manos para que ya no se despeguen y confundamos nuestras piernas para evitar que la prisa nos gane o nos lleve por el camino que todo transforma y adonde inevitablemente todo muere.

Juguemos a que no es ahora, a que no es tu momento. A que tu corazón es el de un niño agitado de travesuras o el de un joven enamorado y por eso ya no obedece.

Juguemos amor, juguemos a que el hoy se detuvo y que la fotografía de tu sonrisa junto a la mía quedará pintada aunque el planeta sea pequeño, la luna se vaya y las luces de las estrellas se apaguen definitivamente en tus ojos.