lunes, 28 de octubre de 2013

Te llamo, amiga... de S Pressacco



Seré tu compañera en las pendientes,
un fantasma  callado que no sirve de juez
y no temas si caes, seré el sólido
con la forma que quieras para no lastimarte.

Conocerás mi mano que en distancias aprieta,
mi risa inconfundible que sin oír contagia.

Y si vuelas, seré soplo de plumas
la pantalla invisible que cuidará  tus alas
la cima del reposo que traiga el horizonte.

Seré la transgresora que tu quieras
y  romperé con bates tus rutinas,
los caminos derechos demasiado aburridos
y todos los relojes apurados.

Seré siempre tu amiga, pero a veces
caminaré al lado, necesitando el roce
de un gesto, de una cómplice mirada. 

Hoy la incondicional que sabe las respuestas
necesita de risas que se oferten,
de distancias más cortas que te traigan.
Ven a ser mi fantasma porque caigo
sin poder despejar mis ecuaciones

Ven, porque me haces falta.



miércoles, 2 de octubre de 2013

SIEMPRE CAUTIVOS, de S Pressacco

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 El viento parecía soplar de todas las direcciones. El frío amenazaba con meterse en mi cabeza como lo estaba en mi corazón. 
La pierna, desprovista de abrigo, contrastaba asomándose  en la bolsa negra. Tal vez en un último intento de  escapar de la realidad.
Me enredé en la manta que había robado de un tendedero y esquivé los bultos arrojados como  basura, olían a muerte, a adolescencia perdida en un abril cruel, al que vivimos equivocados.
Un fogonazo atravesó el firmamento que, ajeno a  la obra, palpitaba lleno de estrellas. Caminé hacia la fosa oscura y húmeda; esperanzado por un abrazo, un chocolate, un amigo y la interferencia en la radio fue la única compañía en medio de una tierra resbaladiza, matizada de sangre y de injusticia.

Me acurruqué con mi cobardía en el fondo y contemplé el cielo cuadrado centellando y los golpes de mi corazón martillaron mis oídos anunciando la hora de los bombardeos. Negué la luz, apreté la oscuridad absoluta entre mis párpados para evitar las imágenes que se reproducían todos los días; luché  sin fusiles, sin granadas, con ruidos en el vientre vacío y con mi propia  juventud que yacía al lado, muerta de miedo. 
Protegido en la oscuridad,escuché las súplicas en mi idioma. Adiviné la escena que se desarrollaba a pocos pasos de la fosa, las muecas burlonas y la carcajada de la muerte que no perdona. Estarían arrodillados, con las manos enlazadas en un rezo, pidiendo clemencia y en mi temor de niño, rogué que la radio no los alertara de mi presencia.
Oí la ráfaga que los decapitó, el ruido de las cabezas al hundirse en el barro, la renuncia del cuerpo cayendo en el suelo que defendíamos por ser Argentino. La risa se unió a otras, el festejo globalizó las palabras que no comprendí, eran de intrusos soberbios y despiadados. 
No sé si me vieron cuando se acercaron. Cerré los ojos y rogué por mi vida, aun haciéndome el muerto.
El castigo de sus borceguís en el hielo se fue atenuando, el cielo se apagó y mi corazón aún hacía interferencias con mi razón. Me abracé a la mochila, sabiendo que contenía un poco de mis afectos y recé pidiendo una mañana de sol; sin helicópteros, sin morteros.
Cuando salí de mi refugio, intenté endurecerme como el paisaje, enfriarme como el viento y no atender a esos rostros blancos que conocía y que había aprendido a querer en el infierno compartido. Eran como yo, simples niños alargados, que poco sabían de tiro al blanco y de manipulación. Eran cautivos del poder, de la ambición; unos soldaditos con coraje en el campo y hundidos de miedo en la soledad de una almohada, ovillada con el deber, la responsabilidad y los principios.
  La guerra terminó y a nadie convenció. Ni a ellos, ni a nosotros… 

El tiempo que todo lo puede  tuvo su primer aplazo. Pasaron más de tres décadas y aun siento frío. 
Seguiré tal vez toda una vida siendo cautivo de mis recuerdos, golpeado por la indiferencia de un gobierno, martirizándome por haber sido sólo un niño…