miércoles, 11 de diciembre de 2013

Atreverse, de S Pressacco

               
                  


En las sombras de un rincón perdía protagonismo la que había sido mi mejor consejera  durante mucho tiempo.

Con el pañuelo que había secado mis lágrimas le cubrí la mirada para que no me juzgara y sin hacerle costura a sus labios logré callarla llenando su boca con retazos de dolor.

La mujer diferente que me sonrió desde el espejo, estaba decidida a salir del laberinto prescindiendo de la que ahora gruñía y con hisopos de caprichos me cubrí los oídos para que ella, desde el silencio al que la había obligado, no me recordara los prejuicios.

Me dispuse a limpiar la cartera saturada de razones absurdas mientras el acelerado ritmo en mi pecho imprimía una increíble seguridad. En los bolsillos presioné al coraje que desbordaba y dejé espacio para la intuición porque había comprendido que las planificaciones aburrían y no garantizaban demasiado el logro de mis objetivos.

La observé nuevamente antes de cerrar la puerta; desde el rincón en donde la había dejado amordazada, movía la cabeza desaprobando. El nudo del pañuelo había cedido y me cuestionaba con su  mirada.

Los latidos me recordaron otras melodías y apostando todo por aquello que dictaba su ritmo contagioso, dejé sola a la Razón  murmurando lo que yo no quería ni estaba dispuesta a escuchar.