domingo, 17 de noviembre de 2013

La historia de Mabel, de S Pressacco





Mabel era una alumna como muchos, mostraba hacia mi asignatura una real apatía. Acostumbrada a esa situación, uno se va endureciendo y ya no busca explicaciones a las renuncias tempranas, a esa convicción que conlleva la afirmación “no puedo” o la tan repetida “matemática es muy difícil”.

 En los momentos de práctica me detenía junto a su banco e intentaba llegar a ella, pero su mirada sin emociones o las respuestas cortantes me marcaban la distancia. Después de comprobar una y otra vez “que no valía la pena” justifiqué mi alejamiento y mi desinterés por ella  cuando me convencí de que había hecho  lo suficiente; “preocuparme” porque aprendiera “fracciones” y no insistí.

Después de compartir los resultados de rendimientos con mis colegas descubrí que Mabel no demostraba interés en ninguna asignatura, no cumplía con los deberes, ni materiales,  faltaba mucho y desde hacía una semana no aparecía en el colegio. Sus  compañeros  entre sonrisas cómplices e ironías me pusieron al tanto de que la calle le ofrecía a Mabel más atracciones.

Los directivos tomaron carta en el asunto  y así fue como me mandaron a averiguar qué sucedía; debía conseguir que retornara a las aulas. Confieso que la misión me produjo enojo, no concebía lógico regresar a alguien que no quería estar allí y por más argumentos sociales y culturales que se repetían en mi cabeza sabía que no lograría nada con ella; nunca lo había logrado.

El barrio de casitas estaba atestado de perros hambrientos en las veredas, metían sus hocicos en los tachos de basura y corrían con bolsas plásticas hilachentas en su poder como si se tratara de un botín, para terminar de desparramar su contenido en cualquier parte. Niños, en su mayoría descalzos, jugaban con una pelota en un sitio baldío. En una de las esquinas, encontré la casa que buscaba. Tenía las ventanas sin los postigos de madera y los vidrios habían sido sustituidos por bolsas negras de plástico.

La desconfianza me acompañó hasta la puerta; escapar de allí era lo único que deseaba. La mamá era una señora obesa, llevaba lentes de aumento y  no comprendió para qué me presentaba. Me hizo pasar para que esperara a su marido.

 Recuerdo la impresión que me produjo ver todo lo que se amontonaba en la sala de estar que tenía las paredes negras de hollín.  Leña, cartones, ropa secándose, un colchón tirado en el suelo, la mesa atestada de herramientas y dos sillas distintas con poca estabilidad. La señora sonrió cuando pregunté por Mabel, pero no respondió. Creo que nunca comprendió quién era ni lo que buscaba.

Cuando apareció el padre  agradecí que se tratara de un borracho alegre; de esos que subestiman la vida y que la violencia no dirige a sus actos. Golpeó mi espalda con fuerza cuando la señora me presentó. Lo hizo en cada ocasión en que tomaba la palabra para darme una respuesta. En un lenguaje poco ordenado hilvané los capítulos y conocí la realidad de Mabel. Eso era su vida. La mamá necesitaba una operación porque perdía la vista irremediablemente, su padre hacía changas de albañil y antes de regresar a su casa consumía la ganancia de la jornada en el bar de la esquina. No tenían luz, por eso hacían fogatas dentro de su casa y como tampoco tenían gas cocinaban dentro del bidet del baño donde habían improvisado una parrilla. Las paredes oscuras y el olor rancio, las bolsas plásticas inflándose en las ventanas y los perros masticando sobre el colchón; son imágenes que aún hoy me duelen. Salí cuando estuve convencida de que no tenían ningún control sobre su hija, que ya ni la veían, que andaba con juntas raras y que solo pedía y pedía.

Cuando conté a mis superiores los resultados de mi visita lo hice llorando. Fue tal la impotencia y comprendí tanto a la muchacha que en mi enojo quería hacer de todo. Le llevé ropa, zapatillas; hasta  propuse pagarle el colegio, hacerme cargo de los útiles que nunca había tenido,  pero el  padre sólo me pidió dinero, comida y trabajo para su nena. Mabel resignada me miraba llegar a su casa con una expresión triste en los ojos delineados exageradamente. Sacudía la cabeza cuando dejaba sobre la mesa lo que había logrado juntar para ellos.

Desde mi familia me intentaron convencer en más de una oportunidad que lo que estaba haciendo no lograba nada, que no me correspondía a mí, que como Mabel eran cientos, miles… que el Estado, que la asistente social, que el municipio, que el hospital, que el psicólogo… no se  logró nada porque nadie hizo nada. Le conseguí un trabajo de niñera pero Mabel nunca se presentó,  la veía en la calle con más frecuencia, acompañada de muchachos mayores, con ropa ajustada y mirada de desafío.

Dejé  las hojas de ese capítulo y volví a las rutinas de mi vida. Pasaron algunos meses y me encontré con el padre que volvió a golpearme con un saludo en la espalda. Pregunté cuál era la situación casi en un murmullo y el hombre festejó exageradamente a los gritos cuando me contó que su hija de 13 años estaba embarazada, que estaba viviendo en pareja a unos cuantos kilómetros, en un campo. Creo que adivinó mi pregunta  y me dijo “despreocúpese patroncita, la Mabel está re bien… tiene el frezzer lleno”

Esta re bien, repetí mientras caminaba hacia mi casa. Unas lágrimas redondas y pesadas fueron acompañándome sin quejas, nacían así, como si fueran incontrolables.

La vida no es justa; mil pruebas hay de ello. Ni con lo que te entrega cuando naces, ni con lo que mereces mientras la transitas.
En mi desempeño como docente puedo experimentar esa sensación de disconformidad en varias oportunidades y con mi antigüedad en la profesión comprendí que el discurso no puede ser homogéneo, que así como se debe atender la diversidad en el proceso de enseñanza, también hay que ser frío al momento de fijar los mínimos objetivos que uno persigue con cada uno. Jamás podría decir que lo bueno para uno, sea bueno para todos después que tuve a Mabel en la 2da división.

Ser feliz para el padre era tener el frezzer lleno. Para Mabel, haber logrado salir de su casa… no importaba cómo y a costa de qué.