domingo, 1 de septiembre de 2013

La mejor discípula, de S Pressacco




Escapa de tus labios, la pronuncias con soltura y convences a pesar de que sé que es una nueva mentira. Es tan fácil para ti mantenerla y tan absurda mi reacción que termino siempre igual, defendiendo la inconmensurable irrealidad en la que estoy ahogada.

Mientes y la piel me traiciona haciéndose tu cómplice. Susurras y me desprendo de las razones que hasta hace un instante me convencían. Besas y siento cómo calmas mis sentidos, abro el puño y vuelo ¿en qué nube mantienes a ésta dócil prisionera?

Tus manos  saben recorrer 
mi cuerpo y él está empecinado en contradecir a  la razón que ya suena ronca.   Tus excusas son el estandarte que llevas pintado en la frente y acorde a las circunstancias es siempre certero porque expone lo que barre mis dudas en segundos. Pero sé que se multiplican en un rincón, se amontonan, sólo se apartan pero siguen naciendo.

No puedo desmontar de esta nube cálida que es de un gris uniforme. Llueve por dentro y su energía provoca tormentas de verano que desorientan. Resucito entre aromas de flores mutiladas; escuchando acordes que desentonan, que cantan una realidad que no quiero.


En soledad y sabiendo de tu retorno, ruego que te demores para convencer a toda mi sangre que puedo prescindir del paisaje que pintas. Quiero mostrarle un valle que huela a pimpollos recién abiertos y que cuando lo acaricie no se le manchen los dedos con óleos ni con témperas.

Debo inventar farsas para salir airosa de la nube que me tiene presa, aprender de ti para ser la mejor discípula. Necesito juntar fuerzas que me escuden de tus ojos para que cuando ellos se claven en los míos pueda pronunciar la mentira más difícil; esta vez mi adiós debe sonar seguro y definitivo.