martes, 3 de septiembre de 2013

La herencia intacta, de S Pressacco

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Las líneas del tiempo se pintaron simétricas alrededor de tus ojos pero nunca lograron deslucir la luz de su picardía. Los años que se iban colgando de tu frente apenas pudieron refugiarse en surcos débiles y paralelos, porque nunca los mal alimentaste con preocupaciones. 

Aprendí mucho de vos; pero no tuve el tiempo suficiente para agradecer. Hubiera querido más horas a tu lado, viejo. 

Me salpicaste con tus experiencias desde pequeña y ocupé un lugar importante en todas tus decisiones. Me dejaste como herencia el coraje para enfrentar  la vida, me enseñaste a sonreír desde adentro , a sacar afuera lo que duele y a expresar sin vergüenzas lo que siento. Aprendí a quererme cuando me sentí tan querida en tu abrazo. 

Tus manos siempre estuvieron abrigando  las mías mientras tu espalda hacía de sostén para impedir mis posibles golpes. Me entregaste tus ojos cuando los míos eran dos huecos y aprendí a ver con optimismo. Aprendí- como vos decías- a descorrer los velos.

Cuando me sorprendiste con tu repentina partida, el calor del hogar resultó insuficiente. A veces  arde el frío, quema, pero ya no me lastima. En ocasiones me encierro entre mis propios brazos para reemplazarte, para sacar el aire que me sobra. Extraño tanto ser la princesa de tu cuento.

Desde el espejo, una mujer me sonríe con las mismas líneas en los ojos, tan parecidos a los tuyos. Sonríe mientras anhela dejar a sus hijos tu herencia intacta.