martes, 17 de diciembre de 2013

Diciembre, de S Pressacco

                            



Diciembre es el mes que despierta las emociones que hibernaron durante el año para que mis obligaciones fueran prioridad, ellas se mantuvieron detrás de una puerta que mi celador racional cerró con llave.
Cuando llega, recorro sus múltiples estantes repletos de historias amarillas que llevan a la risa o al llanto, revivo fotografías de largas mesas bulliciosas donde abundan las comidas más sabrosas y algunas sillas vacías que se imponen sin los brazos alzados de brindis extrañados.
Huele a verano, a mar y piel bronceada, a libertad, es sinónimo de caminar descalza. No sabe de horarios, ni de fechas, como no le importa si es lunes, viernes o domingo me arrebata las rutinas y me zambulle a los escenarios que ofrece, siempre propicios, para vivir las aventuras más divertidas. También me obliga a reflexionar presenciando celoso cómo peso en la balanza los sacrificios, las renuncias y los fracasos.
Las mañanas soleadas me las presenta por ventanas abiertas a un paisaje que no disfruté antes y la agenda se pierde olvidada en un cajón en donde cayeron las prioridades laborales. Los espejos se despejan de los apuros y comprendo qué poco hice por mi apariencia.
De pronto aparecen personas que hacía tiempo no veía y puedo celebrar las reuniones tantas veces suspendidas; cualquier tarde es oportuna y sino la noche es ideal bajo un cielo siempre estrellado. En su tiempo sin relojes tiranos vuelvo al diálogo distendido, a las confesiones, al abrazo sincero, a las miradas detenidas que transmiten el amor, el perdón o la súplica.
Diciembre es un mes que explota mi sensibilidad; apenas se me aflojan los nudos de la espalda se me van formando otros en la garganta y después de la risa sincera en los brindis de Noche Buena busco el espacio solitario que me permita soltar las lágrimas también sinceras.
Paradójicamente es el mes que me trajo a mi primer hijo y en el que transitó su agonía mi padre.
Es un mes agridulce que tiene sobre mí poderes que otros desconocen. En él me libero y sin embargo me da el tiempo para enredarme en viejos dolores.

miércoles, 11 de diciembre de 2013

Atreverse, de S Pressacco

               
                  


En las sombras de un rincón perdía protagonismo la que había sido mi mejor consejera  durante mucho tiempo.

Con el pañuelo que había secado mis lágrimas le cubrí la mirada para que no me juzgara y sin hacerle costura a sus labios logré callarla llenando su boca con retazos de dolor.

La mujer diferente que me sonrió desde el espejo, estaba decidida a salir del laberinto prescindiendo de la que ahora gruñía y con hisopos de caprichos me cubrí los oídos para que ella, desde el silencio al que la había obligado, no me recordara los prejuicios.

Me dispuse a limpiar la cartera saturada de razones absurdas mientras el acelerado ritmo en mi pecho imprimía una increíble seguridad. En los bolsillos presioné al coraje que desbordaba y dejé espacio para la intuición porque había comprendido que las planificaciones aburrían y no garantizaban demasiado el logro de mis objetivos.

La observé nuevamente antes de cerrar la puerta; desde el rincón en donde la había dejado amordazada, movía la cabeza desaprobando. El nudo del pañuelo había cedido y me cuestionaba con su  mirada.

Los latidos me recordaron otras melodías y apostando todo por aquello que dictaba su ritmo contagioso, dejé sola a la Razón  murmurando lo que yo no quería ni estaba dispuesta a escuchar. 

lunes, 9 de diciembre de 2013

Inaccesible, de S Pressacco




Tu imagen está en todas las veredas, en las ventanillas de los taxis, en el bar revolviendo mi café que se enfría;  incluso puedo asegurar que  roza  mi  cabello o apoya la mano en mi vientre para retenerme al cruzar cualquier calle.

La ciudad me traga  en las sombras de cemento haciéndome minúscula mientras con mi soledad a cuestas peleo por un asiento en el subte o me abrazo a ella en un ascensor que suda estrés y prisa.

Deambulo buscando  ofertas o cuotas livianas  que hagan más fácil el pago de errores y te dibujas detrás de las vidrieras sosteniendo carteles que  recuerdan que es imposible. Te ves hermoso mientras retrocedes burlándote de mi esperanza.

En los balcones de mi desierto, tu ausencia  repite el porqué te fuiste. El paisaje de hollín y lágrimas  transmite frío como las sábanas que bauticé con tu nombre.

No supe apreciar lo que me regalabas y una frase arrojada desde la mentira  castiga con tu desapego. Ya no habrá  retorno, es inaccesible tu precio. 


SBP


sábado, 30 de noviembre de 2013

Sin culpas, de S Pressacco





En una ceremonia lenta subía al cielo llevando retazos de infierno en el cuerpo. Se sentía confusa transitando entre los dos reinos acompañada  por ángeles y de pronto por demonios traviesos.
En la llanura de la cama quedaron huellas profundas de aquel incendio, cuerpos surcados con las garras del deseo, ignorantes de culpas. Entre el bien y el mal, la había vuelto a hipnotizar y nunca evaluaba si hacía lo correcto  cuando la  sed del hechicero  bebía de su cuerpo tomándola sin preguntas. 
Sus fantasías ocultas se concretaban más allá de sus sueños y no temía  morir quemada si fuera por uno más de esos encuentros.
La luz intensa del mediodía  la ayudó a contemplar al que dormía a su lado. Tenía  las  alas aplastadas enredadas en las sábanas y tras sus párpados cerrados descansaba el demonio que regresaría ni bien la mirara con sus intensos ojos negros.



viernes, 29 de noviembre de 2013

El gris toma protagonismo, de S Pressacco

Conozco la ira y la calma, el llanto y la carcajada ruidosa y  muchas otras  sensaciones opuestas que no podría concebir separadas  porque padecer a unas me hace disfrutar de las otras.

Sé que desconcierto con mi defensa porque en oportunidades exploto  en gritos y en otras me refugio en un  mutismo absoluto.

 A veces elijo mal las compañías que me presentan la envidia y el egoísmo pero también sé cobijarme   en  los mejores abrazos  llenos de afecto sincero.

 Experimento el rencor y el amor incondicional, el sabor dulce del triunfo y lo amargo de la derrota, la ilusión me llena con los sueños alcanzados y pateo con bronca algunos imposibles.



Valoro el agua porque he padecido la sed, la luz porque transité la oscuridad y al fuego porque he sentido frío.

Prefiero los extremos. Evito el gris de la indiferencia que sin querer va tomando protagonismo.

domingo, 17 de noviembre de 2013

La historia de Mabel, de S Pressacco





Mabel era una alumna como muchos, mostraba hacia mi asignatura una real apatía. Acostumbrada a esa situación, uno se va endureciendo y ya no busca explicaciones a las renuncias tempranas, a esa convicción que conlleva la afirmación “no puedo” o la tan repetida “matemática es muy difícil”.

 En los momentos de práctica me detenía junto a su banco e intentaba llegar a ella, pero su mirada sin emociones o las respuestas cortantes me marcaban la distancia. Después de comprobar una y otra vez “que no valía la pena” justifiqué mi alejamiento y mi desinterés por ella  cuando me convencí de que había hecho  lo suficiente; “preocuparme” porque aprendiera “fracciones” y no insistí.

Después de compartir los resultados de rendimientos con mis colegas descubrí que Mabel no demostraba interés en ninguna asignatura, no cumplía con los deberes, ni materiales,  faltaba mucho y desde hacía una semana no aparecía en el colegio. Sus  compañeros  entre sonrisas cómplices e ironías me pusieron al tanto de que la calle le ofrecía a Mabel más atracciones.

Los directivos tomaron carta en el asunto  y así fue como me mandaron a averiguar qué sucedía; debía conseguir que retornara a las aulas. Confieso que la misión me produjo enojo, no concebía lógico regresar a alguien que no quería estar allí y por más argumentos sociales y culturales que se repetían en mi cabeza sabía que no lograría nada con ella; nunca lo había logrado.

El barrio de casitas estaba atestado de perros hambrientos en las veredas, metían sus hocicos en los tachos de basura y corrían con bolsas plásticas hilachentas en su poder como si se tratara de un botín, para terminar de desparramar su contenido en cualquier parte. Niños, en su mayoría descalzos, jugaban con una pelota en un sitio baldío. En una de las esquinas, encontré la casa que buscaba. Tenía las ventanas sin los postigos de madera y los vidrios habían sido sustituidos por bolsas negras de plástico.

La desconfianza me acompañó hasta la puerta; escapar de allí era lo único que deseaba. La mamá era una señora obesa, llevaba lentes de aumento y  no comprendió para qué me presentaba. Me hizo pasar para que esperara a su marido.

 Recuerdo la impresión que me produjo ver todo lo que se amontonaba en la sala de estar que tenía las paredes negras de hollín.  Leña, cartones, ropa secándose, un colchón tirado en el suelo, la mesa atestada de herramientas y dos sillas distintas con poca estabilidad. La señora sonrió cuando pregunté por Mabel, pero no respondió. Creo que nunca comprendió quién era ni lo que buscaba.

Cuando apareció el padre  agradecí que se tratara de un borracho alegre; de esos que subestiman la vida y que la violencia no dirige a sus actos. Golpeó mi espalda con fuerza cuando la señora me presentó. Lo hizo en cada ocasión en que tomaba la palabra para darme una respuesta. En un lenguaje poco ordenado hilvané los capítulos y conocí la realidad de Mabel. Eso era su vida. La mamá necesitaba una operación porque perdía la vista irremediablemente, su padre hacía changas de albañil y antes de regresar a su casa consumía la ganancia de la jornada en el bar de la esquina. No tenían luz, por eso hacían fogatas dentro de su casa y como tampoco tenían gas cocinaban dentro del bidet del baño donde habían improvisado una parrilla. Las paredes oscuras y el olor rancio, las bolsas plásticas inflándose en las ventanas y los perros masticando sobre el colchón; son imágenes que aún hoy me duelen. Salí cuando estuve convencida de que no tenían ningún control sobre su hija, que ya ni la veían, que andaba con juntas raras y que solo pedía y pedía.

Cuando conté a mis superiores los resultados de mi visita lo hice llorando. Fue tal la impotencia y comprendí tanto a la muchacha que en mi enojo quería hacer de todo. Le llevé ropa, zapatillas; hasta  propuse pagarle el colegio, hacerme cargo de los útiles que nunca había tenido,  pero el  padre sólo me pidió dinero, comida y trabajo para su nena. Mabel resignada me miraba llegar a su casa con una expresión triste en los ojos delineados exageradamente. Sacudía la cabeza cuando dejaba sobre la mesa lo que había logrado juntar para ellos.

Desde mi familia me intentaron convencer en más de una oportunidad que lo que estaba haciendo no lograba nada, que no me correspondía a mí, que como Mabel eran cientos, miles… que el Estado, que la asistente social, que el municipio, que el hospital, que el psicólogo… no se  logró nada porque nadie hizo nada. Le conseguí un trabajo de niñera pero Mabel nunca se presentó,  la veía en la calle con más frecuencia, acompañada de muchachos mayores, con ropa ajustada y mirada de desafío.

Dejé  las hojas de ese capítulo y volví a las rutinas de mi vida. Pasaron algunos meses y me encontré con el padre que volvió a golpearme con un saludo en la espalda. Pregunté cuál era la situación casi en un murmullo y el hombre festejó exageradamente a los gritos cuando me contó que su hija de 13 años estaba embarazada, que estaba viviendo en pareja a unos cuantos kilómetros, en un campo. Creo que adivinó mi pregunta  y me dijo “despreocúpese patroncita, la Mabel está re bien… tiene el frezzer lleno”

Esta re bien, repetí mientras caminaba hacia mi casa. Unas lágrimas redondas y pesadas fueron acompañándome sin quejas, nacían así, como si fueran incontrolables.

La vida no es justa; mil pruebas hay de ello. Ni con lo que te entrega cuando naces, ni con lo que mereces mientras la transitas.
En mi desempeño como docente puedo experimentar esa sensación de disconformidad en varias oportunidades y con mi antigüedad en la profesión comprendí que el discurso no puede ser homogéneo, que así como se debe atender la diversidad en el proceso de enseñanza, también hay que ser frío al momento de fijar los mínimos objetivos que uno persigue con cada uno. Jamás podría decir que lo bueno para uno, sea bueno para todos después que tuve a Mabel en la 2da división.

Ser feliz para el padre era tener el frezzer lleno. Para Mabel, haber logrado salir de su casa… no importaba cómo y a costa de qué.


Decisión, de S Pressacco

La cordura me arrastró hacia el límite, lo hizo  enojada; yo no estaba siendo obediente aun conociendo sus buenas intenciones.

La silueta del acantilado marcaba un cambio en mi vida y  dudé que pudiera cortar mi pasado sin lastimarme.

Una aburrida coreografía volvió a desarrollarse en mi memoria pero  el galán de los perdones esta vez se resistió a seguir bailando.

Con gran paciencia fui desenredando una a una las plumas  viejas.  El aire filtró por ellas alistándolas.Creo que desde entonces aprendí a respirar de nuevo o lo hago de otra manera. 

El miedo inicial desapareció cuando descubrí que podía rozar los más oscuros abismos y salir airosa, que en cada caída juntaba experiencias y mis alas de tanto probar se fortalecían.

Agradezco a la cordura que no me abandonó en esa mala época, que me permitió conocer una realidad que transito sin permisos ni condicionamientos. Vivo como una niña traviesa que lastima una y otra vez sus rodillas al hacer piruetas pero que está dispuesta a seguir disfrutándolas.

domingo, 3 de noviembre de 2013

Mis necesidades protestan, de S Pressacco





Si   supieras … cómo llueve adentro mío y cómo duelen los relámpagos que avisan que esta tormenta será eterna. El sol  ha contado con pereza que   decidió apagarse y se cuestiona seguir  saliendo.
Si supieras … cómo es mi vida desde tu partida, tal vez… tal vez te importaría.
Si entendieras lo que hiciste con el alma mía arrancándole la piel que la cubría, eras tú cuanto tenía; el abrigo al que ella confiada, siempre acudía.
Si entendieras  … cómo extraño lo que me ofrecías,  siendo tan poco para ti, el paraíso entero yo sentía que tenía.
Si supieras y entendieras, tal vez… tal vez te importaría.
Las palabras elegidas, esas que tan fácilmente pronunciabas, desaparecieron de repente y las hojas  de mi cerebro quedaron desnudas, tiritando  por la ausencia. Me invitan con frecuencia a dibujar interrogantes, a plasmar aunque sea tu nombre, a refugiarte en el recuerdo y dejar que  el dolor sea una costumbre. Ya no hay tinta suficiente, ni  una promesa, ni un lamentable  juramento que te regrese.
Te llevaste sin aplausos todo lo que eras, cogiste en la maleta tu grandeza y dejaste vacíos inmensos instalados en mi esencia. Apurado  e impulsado por tus deseos, ignoraste lo que ocasionabas; sin advertir que  encogida  y desabrigada me dejabas; herida y sin ganas.
Alguna vez te invité a ejecutar ese vuelo, sería la testigo silenciosa de  tu sueño. Acomodé mis necesidades en los últimos rincones, las cubrí con otras que parecían más importantes y me dispuse a contemplarte. Ya de eso ha pasado un largo tiempo y me mojo en la melancolía de un cielo completo cuando no puedo divisarte.
Extraño, te extraño entero. No sabes la falta que le haces a mi cuerpo. El frío que siente desde que no te tengo.  Lo ansiosa que cuento los segundos del tiempo. La forma extraña que adoptaron las uñas que muerdo sin consuelo. 
Te extraño… y  quiero señales en medio de lo que creo un extraño infierno. Llueve por dentro, ráfagas heladas me envuelven  y aun así  me quemo pensando en uno solo de tus besos.
 El ruido  atrás de mi espalda es cada vez más intenso, naciendo con enojo y destrozando  la contención que pude; se viene a gran velocidad todo lo que quise. Es un monstruo que emerge hambriento, trae mil  fauces abiertas y enormes, voraces quieren su alimento.  Mis necesidades  desesperan, ya no se esconden; exigen y se revelan. Llevan escritas mil pancartas  con tu nombre…
En la manifestación armada por todos mis sentimientos siguen las protestas, mi mente pide clemencia  ante tu etérea y negada figura. ¡Regresa amor!;te grita… solo tú sabes cómo alimentarme.
El sol de mis días no esperará mucho tiempo, la pereza le gana y el bostezo oscuro me traga junto con el horizonte.

Lo sabes y lo entiendes… debo ser yo la que comprenda que  es tarde, que ya, sencillamente, no te importa ni mi oscuridad ni mi hambre.

Mario Benedetti - No Te Salves -


viernes, 1 de noviembre de 2013

JUGUEMOS, de S Pressacco




Juguemos a que no es ahora; a que el reloj está equivocado y el almanaque ansioso. Imaginemos que el sol se ha confundido y gira en un planeta demasiado pequeño.

Lo haremos como lo hacíamos antes; pero esta vez, la luna hará más larga la noche y nos ayudará a encerrar a las estrellas para que no se vayan, para que la oscuridad no nos asuste.

Juguemos a que nuestros rostros están maquillados, que hemos pintado exageradamente las líneas del tiempo interpretando ser mayores. Que somos actores representando la obra que soñamos; cambiemos las circunstancias y hasta el desenlace.

Volvamos a ser niños. Cierra los ojos y reconoce mi rostro con las manos, detiene tus yemas en mis labios y deja allí huellas de dulzura. Entrégame el caramelo derretido en tu boca así me contagio de vos.

Saltemos o rodemos en los jardines despreocupados. Riamos mirando al cielo, a los cometas que escriben nuestra historia cambiada y a las nubes, que cómplices, empujan las obligaciones. Embadurnemos las manos para que ya no se despeguen y confundamos nuestras piernas para evitar que la prisa nos gane o nos lleve por el camino que todo transforma y adonde inevitablemente todo muere.

Juguemos a que no es ahora, a que no es tu momento. A que tu corazón es el de un niño agitado de travesuras o el de un joven enamorado y por eso ya no obedece.

Juguemos amor, juguemos a que el hoy se detuvo y que la fotografía de tu sonrisa junto a la mía quedará pintada aunque el planeta sea pequeño, la luna se vaya y las luces de las estrellas se apaguen definitivamente en tus ojos.

lunes, 28 de octubre de 2013

Te llamo, amiga... de S Pressacco



Seré tu compañera en las pendientes,
un fantasma  callado que no sirve de juez
y no temas si caes, seré el sólido
con la forma que quieras para no lastimarte.

Conocerás mi mano que en distancias aprieta,
mi risa inconfundible que sin oír contagia.

Y si vuelas, seré soplo de plumas
la pantalla invisible que cuidará  tus alas
la cima del reposo que traiga el horizonte.

Seré la transgresora que tu quieras
y  romperé con bates tus rutinas,
los caminos derechos demasiado aburridos
y todos los relojes apurados.

Seré siempre tu amiga, pero a veces
caminaré al lado, necesitando el roce
de un gesto, de una cómplice mirada. 

Hoy la incondicional que sabe las respuestas
necesita de risas que se oferten,
de distancias más cortas que te traigan.
Ven a ser mi fantasma porque caigo
sin poder despejar mis ecuaciones

Ven, porque me haces falta.



miércoles, 2 de octubre de 2013

SIEMPRE CAUTIVOS, de S Pressacco

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 El viento parecía soplar de todas las direcciones. El frío amenazaba con meterse en mi cabeza como lo estaba en mi corazón. 
La pierna, desprovista de abrigo, contrastaba asomándose  en la bolsa negra. Tal vez en un último intento de  escapar de la realidad.
Me enredé en la manta que había robado de un tendedero y esquivé los bultos arrojados como  basura, olían a muerte, a adolescencia perdida en un abril cruel, al que vivimos equivocados.
Un fogonazo atravesó el firmamento que, ajeno a  la obra, palpitaba lleno de estrellas. Caminé hacia la fosa oscura y húmeda; esperanzado por un abrazo, un chocolate, un amigo y la interferencia en la radio fue la única compañía en medio de una tierra resbaladiza, matizada de sangre y de injusticia.

Me acurruqué con mi cobardía en el fondo y contemplé el cielo cuadrado centellando y los golpes de mi corazón martillaron mis oídos anunciando la hora de los bombardeos. Negué la luz, apreté la oscuridad absoluta entre mis párpados para evitar las imágenes que se reproducían todos los días; luché  sin fusiles, sin granadas, con ruidos en el vientre vacío y con mi propia  juventud que yacía al lado, muerta de miedo. 
Protegido en la oscuridad,escuché las súplicas en mi idioma. Adiviné la escena que se desarrollaba a pocos pasos de la fosa, las muecas burlonas y la carcajada de la muerte que no perdona. Estarían arrodillados, con las manos enlazadas en un rezo, pidiendo clemencia y en mi temor de niño, rogué que la radio no los alertara de mi presencia.
Oí la ráfaga que los decapitó, el ruido de las cabezas al hundirse en el barro, la renuncia del cuerpo cayendo en el suelo que defendíamos por ser Argentino. La risa se unió a otras, el festejo globalizó las palabras que no comprendí, eran de intrusos soberbios y despiadados. 
No sé si me vieron cuando se acercaron. Cerré los ojos y rogué por mi vida, aun haciéndome el muerto.
El castigo de sus borceguís en el hielo se fue atenuando, el cielo se apagó y mi corazón aún hacía interferencias con mi razón. Me abracé a la mochila, sabiendo que contenía un poco de mis afectos y recé pidiendo una mañana de sol; sin helicópteros, sin morteros.
Cuando salí de mi refugio, intenté endurecerme como el paisaje, enfriarme como el viento y no atender a esos rostros blancos que conocía y que había aprendido a querer en el infierno compartido. Eran como yo, simples niños alargados, que poco sabían de tiro al blanco y de manipulación. Eran cautivos del poder, de la ambición; unos soldaditos con coraje en el campo y hundidos de miedo en la soledad de una almohada, ovillada con el deber, la responsabilidad y los principios.
  La guerra terminó y a nadie convenció. Ni a ellos, ni a nosotros… 

El tiempo que todo lo puede  tuvo su primer aplazo. Pasaron más de tres décadas y aun siento frío. 
Seguiré tal vez toda una vida siendo cautivo de mis recuerdos, golpeado por la indiferencia de un gobierno, martirizándome por haber sido sólo un niño… 

domingo, 22 de septiembre de 2013

La promesa,de S Pressacco







En ocasiones creo que puedo encontrarte  en otras miradas, en un timbre grave de  voz y hasta en la rudeza de cualquier mano grande y áspera. Vuelvo a creer y sin embargo, cuando mis labios se depositan en otros labios, interrumpen el beso para gritar sin disimulo que perdí la cordura.

Hablo con mi cuerpo, le explico que debe aprender a obedecer como un perro abandonado obedece a cualquiera que quiera ser su dueño, que este sentimiento no puede ser eterno  pero no me entrego.

Enojada, memorizo y  mastico otro nombre para asimilarlo  pero termino poniendo tu foto en la almohada cuando me tiene. 

Me observas desde los rincones burlándote de mis intentos vanos y yo ya no busco establecer contacto contigo porque te irás sin palabras como otras veces lo has hecho.

Sigues imponiendo tu presencia aun siendo etérea, controlas mi vida que extrañamente no se fue con la tuya y, en contra de mi voluntad, sigo cumpliendo la promesa de amarte toda la vida a pesar de que nunca hablamos de qué sucedería si te ibas  primero. 

sábado, 21 de septiembre de 2013

Volví y sin embargo sigo allí, de S Pressacco

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Volví con mentiras, con heridas invisibles y una mochila vacía de buenos recuerdos. Volví envuelto en gritos de vientos, con la garganta seca de tantas palabras tragadas y los ojos llenos de frío.

Volví con los brazos largos de derrotas después de protagonizar una película de la que nunca firmé contrato.


Me encontré con proyectos inconclusos, en donde faltaban piezas que ya no me importaban. Vacío de ambiciones, sin fe, sin una oración.


Volví y los míos, nunca más me reconocieron.


Han pasado décadas y la película aún se proyecta. Tiene los colores del infierno y un sonido que duele. Es una historia sin premios y parece mi preferida.


Puedo continuar sin limpiar el fango que me habita. Puedo hacer presa esa sensación de seguir ardiendo después que  mis adentros fueron el objetivo de un bombardeo.


El dedo de alguien me señaló cuando apenas era un adolescente y me condenó a sobrevivir sin concederme el favor del olvido. 


Volví hace tiempo y ,sin embargo, sigo allí.



miércoles, 18 de septiembre de 2013

Invierno de esperas, de S Pressacco

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No es extraño
que en las calles un muro inmenso se levante
cortando la salida,
que en los relojes frenen las agujas
sin señalar la hora de tu marcha con prisa,
que en el cielo enojado
el sol se niegue a despertar sin ira.

No es extraño
que la pared sostenga tu fotografía,
todo se ha detenido
y la Tierra no gira
aunque un terremoto encuentra su epicentro
dentro del alma mía.

No es extraño
que observe las orillas
y en mis mares sin calma
las olas retrocedan intranquilas,


que en el aire las gotas se levanten
por ser lluvia afligida,


que los pájaros rompan los colores
y los vientos su risa.

No es extraño
que ahora la ventana se mantenga
abierta para recoger al frío
en mi invierno de esperas.

Tal vez vengas por mí,
cuando al final comprendas
sin dudas, sin palabras,
que también estoy muerta.

lunes, 16 de septiembre de 2013

Huele a romero, de Silvana Pressacco

                    
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Cuando preparé mi equipaje no advertí que en los bolsillos llevaba los aromas.


Partí y en mi imaginación se alzó a mi espalda un gran muro que haría de frontera con mi pasado.



Dejé todo porque ya no me querían. Ya no alcanzaban los sentimientos ni para acompañarme ni para retenerme.

Los diálogos quedaron inconclusos y las personas, heridas por mi decisión. Yo me llevé verdades calladas. 

Sin decir adiós, comencé mi viaje en busca de castillos desprovistos de arena.

Aún hoy insisto en alejarme pero siempre encuentro algún atajo que me atrae o tal vez, sin darme cuenta, creo recorrer caminos rectos cuando en realidad son espirales concéntricos.

Quiero olvidar pero lo que dejé me persigue desmaterializado en las valijas. Duplico la distancia poniendo más aire pero siguen doliendo los aromas.

Escapé y la soledad se instaló como una mala compañía. Se obstina en perfumarse con romero mientras me contempla pintar paisajes vacíos de sierras y de arroyos.





sábado, 14 de septiembre de 2013

Sin destino, de S Pressacco



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Con tus brazos fuertes apretabas un montón de amor sincero. Tenías amarrada el ancla de mi corazón que se había enterrado conforme en las arenas de tu bahía. 

Descansaba sobre tu pecho de agua tibia mientras mi barca se olvidaba del horizonte, de las constelaciones y de otros puertos. Tus ojos me salpicaban de deseo y las olas de murmullos hacían que me desnudase. Eran días confundidos con las noches o eran noches que nunca amanecían.

La tormenta trajo a la playa la verdad y el paisaje se desfiguró. Los pájaros me visitaron con viejas fotografías pero odié su invasión como a sus picos sucios de recuerdos. Desde cubierta aprecié como se espantaron cuando rompí la confianza entre montículos de arena y le pedí a las olas que se llevaran sus pedazos muy lejos.

Bajo una lluvia salada luché contra el océano que se había tragado mi ancla. Las cadenas gruesas eran pesadas y se enredaban en las imágenes que mi memoria pintaba sobre el agua increíblemente verde. Las nubes oscurecieron el cielo para que la espuma fuera más brillante mientras escribía promesas. 

Seguí tirando de las cadenas con los ojos cerrados, no quería ceder, pero mi ancla no se movió porque estaba encaprichada en esas arenas.

Ahora navego sin puerto visible y no llevo ancla. Nunca pude desenterrarla. Arrastro eslabones de una cadena oxidada sobre un mar de desilusión. 

Mis ojos , que nunca divisan tierras nuevas, a veces buscan la confianza montada en las crestas de las olas.

Mi barca se niega al regreso y pone distancia entre mi ancla y mi razón.



martes, 3 de septiembre de 2013

La herencia intacta, de S Pressacco

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Las líneas del tiempo se pintaron simétricas alrededor de tus ojos pero nunca lograron deslucir la luz de su picardía. Los años que se iban colgando de tu frente apenas pudieron refugiarse en surcos débiles y paralelos, porque nunca los mal alimentaste con preocupaciones. 

Aprendí mucho de vos; pero no tuve el tiempo suficiente para agradecer. Hubiera querido más horas a tu lado, viejo. 

Me salpicaste con tus experiencias desde pequeña y ocupé un lugar importante en todas tus decisiones. Me dejaste como herencia el coraje para enfrentar  la vida, me enseñaste a sonreír desde adentro , a sacar afuera lo que duele y a expresar sin vergüenzas lo que siento. Aprendí a quererme cuando me sentí tan querida en tu abrazo. 

Tus manos siempre estuvieron abrigando  las mías mientras tu espalda hacía de sostén para impedir mis posibles golpes. Me entregaste tus ojos cuando los míos eran dos huecos y aprendí a ver con optimismo. Aprendí- como vos decías- a descorrer los velos.

Cuando me sorprendiste con tu repentina partida, el calor del hogar resultó insuficiente. A veces  arde el frío, quema, pero ya no me lastima. En ocasiones me encierro entre mis propios brazos para reemplazarte, para sacar el aire que me sobra. Extraño tanto ser la princesa de tu cuento.

Desde el espejo, una mujer me sonríe con las mismas líneas en los ojos, tan parecidos a los tuyos. Sonríe mientras anhela dejar a sus hijos tu herencia intacta.

domingo, 1 de septiembre de 2013

La mejor discípula, de S Pressacco




Escapa de tus labios, la pronuncias con soltura y convences a pesar de que sé que es una nueva mentira. Es tan fácil para ti mantenerla y tan absurda mi reacción que termino siempre igual, defendiendo la inconmensurable irrealidad en la que estoy ahogada.

Mientes y la piel me traiciona haciéndose tu cómplice. Susurras y me desprendo de las razones que hasta hace un instante me convencían. Besas y siento cómo calmas mis sentidos, abro el puño y vuelo ¿en qué nube mantienes a ésta dócil prisionera?

Tus manos  saben recorrer 
mi cuerpo y él está empecinado en contradecir a  la razón que ya suena ronca.   Tus excusas son el estandarte que llevas pintado en la frente y acorde a las circunstancias es siempre certero porque expone lo que barre mis dudas en segundos. Pero sé que se multiplican en un rincón, se amontonan, sólo se apartan pero siguen naciendo.

No puedo desmontar de esta nube cálida que es de un gris uniforme. Llueve por dentro y su energía provoca tormentas de verano que desorientan. Resucito entre aromas de flores mutiladas; escuchando acordes que desentonan, que cantan una realidad que no quiero.


En soledad y sabiendo de tu retorno, ruego que te demores para convencer a toda mi sangre que puedo prescindir del paisaje que pintas. Quiero mostrarle un valle que huela a pimpollos recién abiertos y que cuando lo acaricie no se le manchen los dedos con óleos ni con témperas.

Debo inventar farsas para salir airosa de la nube que me tiene presa, aprender de ti para ser la mejor discípula. Necesito juntar fuerzas que me escuden de tus ojos para que cuando ellos se claven en los míos pueda pronunciar la mentira más difícil; esta vez mi adiós debe sonar seguro y definitivo.